Por María José Naudon
¿Puede el gobierno envejecer bien?

¿Puede el gobierno envejecer bien? La pregunta ha sido recurrente en las conversaciones políticas de esta semana. Y aunque las respuestas tienen matices, el punto de partida suele ser similar: las condiciones en que le toca gobernar a José Antonio Kast son inéditas, para bien y para mal.
Para bien, porque pocas veces hemos visto una sintonía tan clara entre las prioridades ciudadanas y las de un gobierno. Seguridad, orden, crecimiento económico y control migratorio son los principales compromisos de esta administración y también las preocupaciones que llevaron a buena parte de los chilenos a elegirla. Mientras otros han gastado gran parte de su capital político en convencer al país de la urgencia de su programa, este llegó al poder con esa convicción instalada en la ciudadanía.
Para mal, porque esa ventaja convierte cada semana de espera en una deuda. La última Cadem sitúa la aprobación del Presidente en 30% y un 69% cree que Chile va por mal camino. El problema del gobierno no es el rumbo, que la mayoría comparte, sino cómo transitar el tiempo intermedio entre las decisiones y sus resultados. De cómo lo haga dependerá, en buena medida, su capacidad de envejecer bien.
En ese desafío observo tres riesgos.
El primero es llenar ese tiempo con símbolos. Una parte de la base espera gestos de identidad: actos conmemorativos, indultos, señales que permitan reconocer y reconocerse. Son demandas que tienen sentido dentro de su propia historia y que, si no son atendidas, pueden abrir flancos por la derecha. La tentación de responder a ellas crece justamente cuando faltan resultados que mostrar. Pero lo que el tiempo intermedio exige es otra cosa: explicar lo que se está haciendo, humanizarlo y construir un relato que dé sentido a los esfuerzos y sostenga la confianza mientras los resultados aún no llegan.
El segundo es atravesarlo solo. El gobierno ha tendido a conducir en solitario, tratando a sus aliados más como acompañantes que como socios. Los partidos oficialistas tienen experiencia, legitimidad y capacidad de aportar, pero se les pide, sobre todo, respaldar decisiones tomadas sin su participación. Mientras las cifras acompañan, ese estilo permite imprimir dirección y disciplina. Pero cuando los resultados flaquean, aparece su costo: quienes no fueron parte de las decisiones difícilmente se sentirán comprometidos a sostenerlas.
El tercero es intentar acortarlo saltándose la política. Ese es el riesgo de entender los procesos como estorbos. En esa lógica, el Congreso demora, la negociación diluye y las consideraciones comunicacionales distraen de lo verdaderamente importante. Hay algo comprensible en esa impaciencia. Nuestra política suele ser lenta y, muchas veces, incapaz de ofrecer respuestas oportunas. Pero de ahí a considerar estas tareas como secundarias hay una distancia enorme. En democracia, los procesos son parte de lo que hace legítimas y estables las decisiones.
¿Puede, entonces, envejecer bien? La respuesta dependerá, en buena medida, de su capacidad para ir más allá de la lógica de un gobierno de emergencia y asumir también la dimensión política y mediadora de gobernar. Porque no basta con alcanzar los resultados prometidos: importa también cómo se llega a ellos y qué posibilidades tienen de perdurar más allá del mandato.
Por María José Naudon, abogada.
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