Paula

Confesiones de una stripper

Leonor Lovera (33) es socióloga y escritora, aunque su sueño siempre ha sido convertirse en actriz. Con ese propósito viajó hasta Oceanía, donde esperaba reunir el dinero para sus estudios y cerrar una historia de amor imposible. Sin embargo, el viaje la llevó por un camino inesperado: se convirtió en stripper. En conversación con Paula, reflexiona sobre el desamor, el cuerpo y las contradicciones de un trabajo que, mientras le permite acercarse a sus sueños, también pone a prueba sus propias convicciones.

Leonor Lovera (33) se define como una persona curiosa e inquieta. Fueron precisamente esas características las que la llevaron a lo que ella llama su “primer viaje de fuga”. Socióloga de profesión, reconoce que su verdadero sueño siempre ha sido ser actriz, por eso apenas egresó de la carrera emprendió rumbo a Los Ángeles, California, donde tomó clases de actuación. Lo que no imaginaba era que esa ciudad sería escenario de un encuentro fortuito con un hombre que terminaría marcando el rumbo de su historia.

Todo comenzó ocho años atrás, durante una noche de fiesta. Matt era australiano, alto y fornido. Apenas lo vio, Leonor no pudo quitarle los ojos de encima: “Hablamos toda la noche y no me di cuenta cuando el tipo me estaba besando”, recuerda. Lo que no esperaba era que ese encuentro fugaz la marcaría profundamente. “Era una pasión desorbitada. Algo me pasó con este hombre que me dejó trastocada y nunca se me olvidó”.

Leonor solo vio a Matt aquella noche. Intercambiaron números y, poco después, cada uno regresó a su país. Sin embargo, cuando abrió su WhatsApp, algo llamó su atención: la fotografía de perfil de él era junto a una mujer. Intrigada, buscó su Instagram y encontró imágenes de Matt junto a su familia. La conclusión fue inmediata: “Acá no hay nada que hacer”.

Pasaron los años y llegaron otros amores. Hasta que, en plena pandemia, Leonor recibió una solicitud de seguimiento en Instagram. Era Matt, tres años después de aquella noche en Los Ángeles. Comenzaron a intercambiar mensajes y, casi sin darse cuenta, las conversaciones se prolongaron durante semanas. Un día hicieron una videollamada: “Él estaba en la casa con su familia, entonces no podía hablar. Nos vimos sin hablar, simplemente nos quedamos mirando. Empecé a sentir todo sin decir ni una palabra, pero diciéndolo todo a la vez. Él me sostenía con la mirada, nos reíamos, bajábamos la mirada”.

Por entonces, Leonor ya tenía en mente viajar al extranjero para estudiar actuación y acercarse a su sueño, pero Matt seguía apareciendo en sus pensamientos. Entonces encontró una posibilidad: ir a trabajar por un tiempo a Australia para ahorrar dinero y financiar sus estudios. De paso, quizás podría cerrar de una vez por todas aquella historia con el australiano que llevaba tanto tiempo quitándole el sueño.

Así emprendió el viaje. Antes de partir, le avisó a Matt mediante un mensaje de texto, él no respondió. Sin embargo, una vez en Australia, lograron concretar un encuentro. Se sentaron a tomar un café y Leonor abrió su corazón para expresarle lo que sentía. “Él llegó con un discurso bastante armado”, recuerda, pero fue al momento de despedirse cuando ocurrió algo que se le quedó grabado. Leonor se acercó a abrazarlo y sintió que aquel hombre imponente estaba temblando: “Para mí fue el momento más real de ese encuentro. En ese temblor de repente hay más verdad, porque el cuerpo habla”.

Esa fue la segunda y última vez que se vieron. Después, Leonor atravesó un duelo profundo por aquel amor, lloró día y noche mientras intentaba encontrar la manera de seguir adelante. Pero, en medio de la pena, recordó por qué había llegado hasta Australia. Tenía un sueño que cumplir y necesitaba ahorrar para hacerlo realidad. Fue entonces cuando decidió probar un camino poco convencional, aunque coherente con su personalidad inquieta y performática. “Como no pude pertenecerme a él, decidí pertenecerme a todos los hombres a la vez”, dice. Así se atrevió a buscar trabajo como stripper.

El cuerpo, el dinero y la mirada masculina

Todo comenzó en un stripclub de Tasmania. Leonor reconoce que no sabía prácticamente nada de ese mundo, más allá de lo que había visto en películas. Sin embargo, con la seguridad y personalidad que la caracterizan, se presentó en el club nocturno lista para su performance. Así nació Malena, el personaje que creó para desenvolverse en estos espacios y que la llevó a bailar en Brisbane, Phuket y, finalmente, Auckland, Nueva Zelanda, donde se encuentra actualmente.

Leonor lleva más de un año recorriendo este camino, aunque reconoce que “no fui una buena stripper al principio”. Como nunca había trabajado en esta área, desconocía sus dinámicas y no sabía cómo interactuar con los hombres: “Es un lugar donde los roles cambian. Las mujeres tienen que ser las activas e ir a abordarlos, yo estaba acostumbrada a que los hombres se acercaran a mi”.

Al comienzo, esta dinámica chocó con su personalidad y sus propios ideales. “Yo soy feminista, entonces como que no me salía muy bien el personaje de mina complaciente”, explica. Cree que esa dificultad para interpretar el papel que se esperaba de ella terminó perjudicándola laboralmente, hasta el punto de que dejaron de llamarla del stripclub donde trabajaba.

LeonardoVidal

Poco a poco, sin embargo, fue entendiendo el sistema y encontrando su lugar en él. Refugiarse en el personaje de Malena le permitió separar sus principios y convicciones de la performance que debía realizar. “Para mí todo escenario merece respeto y este es uno más. Me lo tomo desde lo performático, netamente. Cuando salgo al night club, Malena se queda allá y lo que vivo ahí no lo siento como una extensión a mi vida personal”, explica.

Aun así, las preguntas sobre el sistema que sostiene a los clubes nocturnos siguen presentes. Leonor intenta comprender qué lleva a los hombres a buscar estos espacios y qué necesidades encuentran en ellos. “Trato de entenderlo pensando en que hay hombres que se sienten muy solos, pero también hay mujeres que se sienten muy solas y no existen estos espacios institucionalizados para esa soledad de las mujeres”, reflexiona.

- Después de casi dos años trabajando como stripper ¿qué reflexiones has concluido al enfrentar tus ideales a un mundo que es tan criticado desde el feminismo?

Me hace pensar que el capital erótico y la belleza también son capitales muy importantes, aunque a veces no se quiere decir en voz alta, sobre todo cuando como mujeres sacamos un provecho económico más allá de la reproducción o el cuidado de un otro, cuando se saca ese beneficio todavía sigue incomodando. Siento que antes de criticar estos trabajos habría que criticar un modelo que es más amplio y que le pone precio a todos los cuerpos. En algún punto hago este trabajo de stripper con mucha rabia también, porque es injusto, qué ganas de que me estén valorando así también cuando pienso.

Esta cultura no es sin los hombres, esta dinámica no es sin ellos. Entonces, para mí ellos son los grandes ganadores. Nosotras podemos hacer plata que me ayuda, y la estoy usando para llegar a un objetivo determinado. Pero no recibimos un sueldo fijo, depende de cuántos bailes logres hacer, y eso significa cuántos hombres te escojan. Entonces igual es medio atroz.

Sin embargo, no dejo de estar enfadada con una sociedad que nos critica por capitalizar nuestra imagen y sexualidad como mujeres, pero que a la vez nos da más valor económico por eso que por pensar, por ejemplo. Como socióloga, nunca llegué a ganar lo que he ganado por sacarme la ropa, dinero que además depende de los hombres, así que tampoco me resulta un espacio de empoderamiento.

El tiempo no se ha acabado

Mientras Leonor se adentraba en ese mundo nuevo, su corazón seguía atravesado por la historia que no pudo ser con Matt. Sin embargo, estar rodeada de mujeres y lejos de su país natal, dice, le permitió encontrar en la tristeza un espacio de encuentro y compañía. “Nos sostenemos a través de ese acto tan simple como prestar oído a la otra, estar ahí para la otra. Esa ha sido mi otra manera de llevar mi duelo, con otras mujeres. Las amigas siempre han sido las que al final han estado ahí”.

Pero la vida todavía le tenía reservada una sorpresa. Ocurrió una noche de trabajo, cuando un grupo de amigos entró al stripclub donde Leonor trabajaba. Entre ellos había un joven australiano que parecía tímido y algo desorientado en aquel ambiente. Uno de sus amigos se animó a pedir un baile privado con Malena. Cuando quedaron solos, le dijo a Leonor: “Le gustaste a mi amigo”. Se refería a Liam, el joven que, desde la distancia, había quedado cautivado por la presencia de Malena.

“Nunca salí con un cliente porque a mí en verdad no me motivan nada los hombres que entran en esta dinámica. En un nightclub está todo demasiado armado, es todo ficción finalmente, pero él fue la excepción”, cuenta Leonor. Liam también entró para un baile privado y, antes de despedirse, le pidió su número de teléfono. Ella accedió y, al día siguiente, ya tenían una cita concretada.

Fueron a bailar y esa noche le dio un respiro al corazón de Leonor, que tanto había sufrido por desamor. No fue una historia que perdurara, pero sí una experiencia que le permitió volver a mirar hacia adelante: “Me vino a desordenar un poco. No fue un vínculo que trascendió, pero sí fue un vínculo que vino a darme una chispa desde un lugar no tan doliente. Como a decirme que sí pueden seguir pasando cosas, que la vida continúa, que el tiempo no se ha acabado y todavía hay espacio para la sorpresa”.

Hoy, Leonor se siente feliz y tranquila con las decisiones que ha tomado. Sigue trabajando como stripper con la mirada puesta en su principal objetivo: viajar a Europa para estudiar actuación y acercarse al sueño que la ha acompañado desde siempre. Mientras tanto, mira hacia atrás y piensa en lo que le diría a aquella mujer que viajó a Australia buscando cerrar una historia de amor, sin saber todo lo que viviría en el camino. “Fui muy valiente, porque asumí un riesgo solo para perder, y esos actos siempre los he admirado, encuentro que igual fue lindo”.

Quizás por eso, cuando reflexiona sobre el amor y las historias que han marcado su vida, Leonor se resiste a hablar de finales definitivos. “Nunca existe un final, porque hablar de un fin implicaría hablar del fin del amor y no sé si el amor se puede terminar. Hay historias que se acaban, pero la experiencia fue real por un momento, y esa Leonor le dio un lugar a eso”, finaliza.

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