Por Andrew Chernin
La rebelión silenciosa de Gael Yeomans
La presidenta electa del Frente Amplio ha armado su carrera en base a victorias improbables y trabajo territorial fuera de los focos. Ese estilo cauteloso y pragmático, que muchas veces le valió críticas por su falta de arrojo, se explica por su propia biografía: una que, dicen en su entorno, la separaba de los líderes del partido que ahora está llamada a liderar.

Gael Yeomans tenía un secreto: se había inscrito en las Juventudes Comunistas. Y eso, como cualquier decisión que amenazara su rendimiento de alumna destacada en el Instituto Sagrado Corazón de Rancagua ese 2004, no era bien visto por su familia. Tenía 15 años entonces. Vivía en El Manzanar, un barrio de clase media donde sus padres -un constructor civil independiente y una analista de sistemas dedicada al hogar- no siempre encontraban los recursos para llegar a fin de mes en esa casa que arrendaban, donde latía una frustración que Yeomans, la mayor de tres hermanos, trataba de mantener puertas adentro.
–El papá de Gael no tenía una buena situación laboral, eso era heavy para la familia –dice su amiga Olivia Riveros–. Pero ella no lo transparentaba. Como que trataba de guardárselo.
Esa noción en su adolescencia, de que no a todos les tocaba la misma suerte, que entendió leyendo El Manifiesto Comunista, era la raíz de sus miedos. Yeomans quería ser abogada, estudiar en la Universidad de Chile y tener una vida estable. Pero sabía que esas metas tenían un precio.
“Ver a mi papá sin pega, pasar por problemas económicos y, quizás, que otros niños de la misma edad con los que me relacionaba no tuvieran esos problemas. Eso en mi caso podía coartar la posibilidad de entrar a la universidad, porque no me podía preparar bien, ni pagar un preuniversitario, que era casi el requisito para entrar a una buena universidad. Eso me hizo pensar que tenía que hacer algo”, recordó en el podcast ¿Eres de izquierda?, de febrero pasado.
Esa decisión fue entrar a la Jota.
Durante meses, salió a escondidas. Hasta que sus padres la descubrieron.
–No les gustó –dice Yeomans–. Yo era una niña de casa, tranquila. Sentían que esto era perder el tiempo.
Su etapa comunista no se extendió demasiado. Salió de la Jota después de dos años, durante la revolución pingüina, por diferencias con el partido.
A pesar de los miedos familiares, la política no la distrajo de los estudios. Yeomans entró a Derecho en la UCH y se mudó a Providencia con cinco amigas del colegio. Olivia Riveros fue una de ellas:
–Un par de veces carreteamos con los compañeros de la Gael. Muchos eran “hijos de”. Eso le llamaba la atención. No es que se llevara mal con ellos, pero era como un choque de realidad.
Cuando llegó a Santiago, Yeomans pensó que en la Escuela de Derecho se encontraría con personas similares a las que conoció en las movilizaciones secundarias de 2006. En vez, contaba con algo de decepción, “había niños que hablaban tres idiomas”. No fue el único prejuicio que se rompió por esos años. Esa misma gente de élite, al contrario de lo que creía, a veces era de izquierda.
Así, a través de la toma del 2009 y participando de colectivos como Arrebol conoció a Gabriel Boric -tres años mayor que ella-, a Gonzalo Winter y Constanza Martínez.
El problema es que su familia, que ya se había cambiado a Santiago, seguía con problemas económicos por la cesantía de su padre.
Yeomans, entonces, sabía que no era como sus pares. Los padres de ellos, a diferencia de los suyos, no necesitaban que sus hijos trabajaran para aportar a la economía familiar.
En 2011, mientras muchos de ellos marchaban por una educación gratuita y de calidad, ella trabajaba como procuradora en pequeños estudios de abogados. Terminó en uno grande de Las Condes: el de Enrique Barros y Compañía.
–Para mí era una contradicción enorme, no me sentía bien. Pero ayudaba a mi familia económicamente y yo tenía que trabajar para vivir.
Gabriel y Gael
Gael Yeomans se identificaba con Gabriel Boric. Admiraba su capacidad de oratoria y carisma que lo habían llevado al Congreso en 2014 como diputado por Magallanes. Pero a pesar de eso, de que ambos tenían un pasado universitario común y una mirada política similar, pertenecían a lotes distintos. Yeomans era parte de la Izquierda Libertaria, una corriente más anarquista, mientras que Boric era del Movimiento Autonomista: un lote que se preciaba de tener una mirada más intelectual. Esa diferencia se reflejaba en sus estilos. Boric era de subirse a escenarios aleonando a sus pares, citando a Gramsci. Yeomans, en cambio, sabía que ahí no estaban sus fortalezas. Su falta de carisma la obligó a crecer en un terreno menos visible y glamoroso, como las reuniones con dirigentes y sindicatos.
–La Gael era mucho más concreta. Hablaba más desde el sentido común, con una base teórica menos firme. Como nuestros espacios de deliberación eran las asambleas, esa cautela que tenía hacía que brillara menos que Gabriel o Gonzalo –dice un cercano a Boric.
Desde ese espacio, lejos de las luces, llevó a su movimiento a ser parte del Frente Amplio y en 2017, ocupando instrumentalmente -y solo para la elección- a Revolución Democrática como partido, compitió para un cupo de diputada en el Distrito 13 de Santiago.
Hasta entonces, por ese perfil, no se veía como alguien que pudiese ganar elecciones. Hizo puerta a puerta por El Bosque, La Cisterna, Lo Espejo, Pedro Aguirre Cerda, San Miguel y San Ramón junto a la candidata presidencial Beatriz Sánchez. Contra todo pronóstico, Yeomans obtuvo el 5,9% de los votos y consiguió uno de los cinco cupos del distrito en la Cámara, dejando afuera al candidato genuinamente RD. Tenía 27 años.
Sin embargo, en Valparaíso seguía sin conseguir la notoriedad de sus pares en la izquierda que surgía. Eso sucedió en mayo de 2019. Seis meses luego de su fundación, Convergencia Social -el partido en el que se fusionaron la Izquierda Libertaria de Yeomans, el Movimiento Autonomista de Boric, Nueva Democracia de Cristián Cuevas y Socialismo y Libertad- buscaba su primer presidente.
La elección fue entre Yeomans y Estephanie Peñaloza, que pertenecía al Autonomismo. Al no haber diferencias programáticas relevantes, la elección en realidad era la medición de la musculatura de sus líderes.
–En ese momento éramos pocos –recuerda Peñaloza–. Votaron 2.800 personas y perdí por 250 votos. Recuerdo que el miedo que teníamos era que el partido no tuviera cohesión y terminara siendo una pegatina de siglas, sin la estrategia que habíamos definido, que era que no estábamos inventando la izquierda en Chile ni veníamos a reemplazar a esos partidos.
No fue una sorpresa que salieran derrotados, dice un cercano a Boric, pero luego de eso sí comenzaron a verla de una manera distinta.
Cinco meses después vino el estallido. Le tocó ser parte de la negociación del Acuerdo por la Paz del 15 de noviembre en el ex Congreso, en el que Piñera buscaba dar una salida institucional a las protestas callejeras y a la violencia, a través de un plebiscito por una nueva Constitución.
–Gabriel estaba negociando para conseguir requisitos mínimos y le iba reportando a Gael –dice un cercano a Boric–. En un momento logró acercarse bastante a lo que querían y le dijo a ella: ‘Hay que firmar’. Ella salió, sin pronunciarse, y volvió al partido a preguntar. No tomó una decisión, porque no se atrevió. Eso muestra las diferencias con Gabriel: el olfateó una oportunidad cuando ella decidió quedarse quieta porque estaba tensionada.
En la asamblea, Yeomans no consiguió el apoyo que Boric pedía, porque el partido quería 4/7 de quórum y no 2/3, a pesar de que ella se hubiese contentado con 3/5.
“Las diferencias fueron disímiles: Izquierda Libertaria apelaba a elementos del acuerdo que no le parecían, mientras que el grupo de Jorge Sharp consideraba que el acuerdo en sí mismo no les parecía, en una tesis parecida a la del PC de que no era una asamblea constituyente y que desmovilizaba a la gente”, dijo en el podcast ¿Eres de izquierda?
Yeomans quedó al medio de una pelea imposible. Por un lado, Boric le decía que iba a firmar y, por el otro, la IL, el mundo del que ella venía, la presionaba en los pasillos del ex Congreso hacia el sentido contrario y Sharp hacía lo mismo en el chat de WhatsApp de la comisión política del partido.
Al final, Convergencia social votó no ser parte del acuerdo. Yeomans acató, sintiendo que así evitaba que se rompiera el partido.
–A pesar de eso, Gabriel firma y pasa por alto todo lo que habíamos decidido –cuenta un exmiembro de CS–. No puedes pensar que un partido que actúa de esa forma es serio. Ella podría haber sido protagonista de esa noche, pero decidió no serlo.
Al día siguiente, un grupo de alrededor de 73 militantes renunció al partido. Entre ellos estaban Jorge Sharp y una parte de la Izquierda Libertaria.
Yeomans tuvo que enviar a Boric al Tribunal Supremo de Convergencia, que decidió suspenderlo por un mes, mientras se enteraba de la fuga. Era la suma de sus miedos: no ser un pegamento lo suficientemente fuerte para aglutinar a todas las siglas y egos que convivían en el partido que se quebraba.
Esos días, recuerda una dirigenta, Yeomans lideró una asamblea en el salón de eventos de un edificio en el centro, donde tuvo que dar explicaciones frente a unos 100 militantes: dijo que seguía creyendo en el proyecto, pero que entendía si la querían destituir.
No lo hicieron.
–Hubo gente que me dijo que los había traicionado –admite Yeomans–. Gente que yo conocía.
La retadora
La noche del 15 de noviembre le heredó a Gael Yeomans un partido quebrado en su propia estructura.
–Lo peor no era el número de militantes que se fue, sino qué militantes –dice una exdirigenta de Convergencia–. Nos quedamos sin encargados comunales. Muchos de nosotros tuvimos que desempeñar nuestros primeros cargos en ese momento, porque no había nadie más. Si no lo hacíamos, moría el proyecto.
La muestra de que ese enfoque resultó fue que su candidata -Alondra Arellano- la sucedió en las elecciones internas de 2020 y, un año después, cuando consiguió la reelección en el Distrito 13.
En ese segundo periodo parlamentario, Yeomans compartió oficina con Boric. Era una consecuencia de los nuevos ojos con los que la veían.
–Su lote, el gaelismo, no era muy grande, pero muy centralizado y ordenado –asegura un exasesor de Boric.
Aún así, su enfoque seguía chocando con el de los referentes del Frente Amplio.
–Si mirabas la bancada del FA, ¿cuántos pensaban que la política territorial tenía que estar por sobre la política parlamentaria? La respuesta es que re pocos –recuerda un exlíder de Convergencia.
Fue entonces que comenzó a percibir que había cierto descontento con la forma en que Constanza Martínez lideraba al Frente Amplio, que desde 2024 se había convertido en un solo partido y era cercana a la figura más importante: Gabriel Boric, que llegó a La Moneda en 2022. La primera muestra, dice un parlamentario, fue la falta de definición sobre quién sería el candidato para la primaria presidencial de 2025. Ese puesto, luego de la negativa de Michelle Bachelet y Tomás Vodanovic, lo tomó Gonzalo Winter. Competía contra Jeannette Jara (PC), Carolina Tohá (PPD) y Jaime Mulet (FRVS).
Yeomans fue su jefa de campaña. No tuvo un buen desempeño.
–Como estaba en el Congreso, la teníamos la mitad del tiempo –cuenta alguien que trabajó en esa candidatura–. Teníamos que esperarla muchas veces para poder tomar ciertas decisiones, entonces llegábamos tarde. Porque ella las dilataba. Pedía que ampliáramos las reuniones, que le preguntáramos a más gente.
Aún así, dice la misma persona, el mayor error no fue suyo.
–La lectura que hicimos de la Concertación y la mesa del poder fue nuestro. Pero ella se subió.
Winter terminó tercero en esa primaria. Sólo superó a Mulet. El daño no terminaba ahí: las cifras del Servel mostraban que el FA había perdido a unos siete mil militantes y luego Yeomans, que fue reelecta por segunda vez en su distrito, fue testigo de la elección que, a pesar de todas las etiquetas con la que lo caracterizaron, llevó a José Antonio Kast a La Moneda.
El momento más bajo del Frente Amplio, que parecía desconectado de un electorado que, desde el voto obligatorio, sólo parecía castigarlo, aparecía en el mismo año en que debían renovar su liderazgo.
Yeomans sintió que podía conectar con el descontento que surgía desde las bases del partido, que tenían que ver con una estructura poco diversa, gobernada por un grupo hermético de rostros conocidos, con pocas conexiones territoriales. Menos aún en regiones. No era sólo su mundo: el lote de Antonia Orellana y Diego Ibáñez -De Cordillera a Mar- compartía esa tesis. Del otro lado estaba la presidenta actual, apoyada, entre otros, por el propio Boric. Considerando esa influencia, nadie del establishment político creía que la de agosto sería una elección competitiva.
Quizás por eso la retadora redobló la apuesta.
–La Gael lo dijo muchas veces: ‘No queremos ser un partido de un grupo de amigos, sino que queremos hacer una secretaría de promoción militante’. Básicamente, lo que estaba diciendo era que basta del pituteo dentro del Frente Amplio. No nos podíamos convertir en lo mismo que el resto de los partidos –dice un parlamentario que la apoyaba.
El 16 de agosto, contra todo pronóstico, la rebelión de Yeomans destronó a Martínez en una elección donde participó menos de un quinto del padrón.
Los vencidos leyeron el resultado como una consecuencia del desgaste, pero entre los adherentes de la presidenta electa, que celebró la victoria en una casa en San Miguel, lo explican con un giro discutible, pero que refuerza la épica de su propia biografía: Gael Yeomans derrotó a la élite.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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