Por Eduardo Guerrero
El futuro que sí queremos vivir

Chile lleva años en el mismo bucle: cómo crecer, cómo subir la productividad, cómo crear empleos. Las cifras del segundo trimestre no ayudan: PIB en –0,2%, inversión que no crece, casi un millón de personas buscando trabajo y 42 meses seguidos con desempleo sobre 8%. Quienes buscan iniciar su carrera laboral son cerca de cien mil; tres de cada cuatro menores de 30. Ese grupo crece mucho más rápido que el resto.
Las reglas, en cambio, están mejor que hace un año. El plan de reconstrucción, recién despachado y en parte recortado por el Tribunal Constitucional, baja el impuesto corporativo de 27% a 23%, da invariabilidad a la gran inversión y devuelve previsibilidad. Nada de eso era la meta: era el umbral. Costó cruzarlo. Quienes trataron cada corrección de rumbo como pecado: los mismos que querían hacer de Chile la tumba del neoliberalismo hoy hallan regresivo tomarse en serio la inversión.
Pero ese piso solo nos devuelve a la ruta: no nos hace ganar la carrera. En julio, ante The Economist, Elon Musk puso plazos: cinco años para que la inteligencia artificial supere la suma de la inteligencia humana; una década para que trabajar sea opcional. Añadió, sin pestañear, entre 10% y 20% de probabilidad de que todo acabe catastróficamente mal. Aun descontándole el entusiasmo, como hicieron sus entrevistadores, a quien muchos ven como el Da Vinci de nuestra época, la pregunta no se mueve: si acierta a medias, la suerte de ese millón de personas, y de las que vengan detrás, no se juega en esa ley.
En la misma entrevista, empujado al casillero de la extrema derecha, Musk devolvió la pregunta: “¿Fronteras seguras, ciudades seguras, gasto sensato: cuál de las tres es extremismo?”. Tiene razón, y conviene no arruinarla con eslóganes: la etiqueta que ahorra el argumento sale barata en cualquier dirección. El sentido común se demuestra, no se proclama.
Eso vale también para lo que el Estado administra. Codelco es el examen, y lo reprobamos. El año pasado produjo lo menos en 27 años y una auditoría descubrió 26.875 toneladas infladas para cumplir metas y pagar bonos. Ganó dinero, pero por el alto precio del cobre. Su presidente del directorio lo resumió: US$27.000 millones en deuda -seis veces la de cualquier minera multinacional- y costos 50% sobre sus pares. Ningún algoritmo arregla eso: una empresa que reporta como producido lo que aún no lo es no tiene un problema técnico, tiene un problema de para quién trabaja.
Igual con la ley. Debe ser implacable con el narco y con quien asalta en una esquina -por eso la reforma de seguridad ingresada al Senado merece discutirse a fondo y con acuerdo sobre sus límites-, pero también con quien estafa o vacía una compañía con firma y corbata. No hay clima de negocios si es lenta con el que crea y blanda con el que destruye. Un Estado serio no gradúa la justicia según las encuestas: exige condena, recupero de lo ilícito y que nadie, tras unos meses entre rejas, siga disponiendo de lo robado. Si el botín queda intacto, el riesgo se socializa y la ganancia se queda en casa.
Y ahí está lo que la tecnología amplificará: un algoritmo no corrige la regla que recibe, la ejecuta más rápido. Musk advierte que el peligro no está en la máquina sino en los valores que se le instalen. León XIV lo dice con más precisión en Magnifica humanitas: la técnica no es “una fuerza antagónica respecto a la persona”, pero tampoco es neutral, “porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza”. No dicen lo mismo. El Papa mira también a los dueños de la técnica, pero coinciden en lo esencial: el futuro no lo decide el algoritmo, lo decide quien lo escribe. Y la encíclica lo fija: que nunca la persona quede reducida a “un medio para obtener resultados”, sino reconocida “como fin en sí misma, jamás instrumentalizable”.
Aplicado a Chile eso no es freno: es tarea. Para financiar la rebaja del impuesto corporativo, el proyecto original eliminaba la franquicia de capacitación del Sence; la Cámara lo frenó por más de noventa votos y quedó recortada a 0,7%. El instrumento era discutible, Dipres no le halló efecto en salarios ni empleo, pero en la ley que modifica 36 cuerpos legales no hay una sola palabra sobre reconversión. Y no es de ahora: modernizar el Sence se anunció en 2019 como una de las reformas más importantes de entonces y quedó en nada por culpa de todo lo que vino después; en mayo el ministro de Hacienda volvió a prometer “un rediseño muy profundo… de cara a lo que viene en inteligencia artificial, en automatización”. Siete años y seguimos sin proyecto. Afortunadamente, la agenda laboral se mueve, la adaptabilidad ya está en el Congreso y una comisión trabaja en el empleo público, pero flexibilidad sin reconversión es solo rotación.
El cronómetro ya no está en el Congreso: está en una tecnología que no pide turno ni permiso. Se puede administrar el alivio de haber legislado, o usarlo para aplicar la ley, acortar filas y preparar a la gente. Ninguna máquina deroga la brújula: la técnica es siempre un medio; la persona, siempre un fin. El futuro que sí queremos vivir es aquel donde la máquina hace más y la persona vale igual.
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