Por Andrés Gómez
Diana Aurenque: “Quizás en el futuro tengamos chicos muy conectados, pero incapaces de reconocer en el otro la necesidad de un abrazo”
En su nuevo libro, Amoroso animal, la filósofa explora en el amor como el fenómeno político original, que permitió la colaboración y la supervivencia. Plantea que el afecto puede seguir inspirando formas más solidarias de organización social. Y advierte también cómo las pantallas pueden reducir la experiencia amorosa a mera funcionalidad, sin sorpresa ni misterio.

El amor solía comenzar con un juego de miradas, una sonrisa, algo de misterio. Hoy ese juego podría estar en vías de extinción. O, al menos, en profunda transformación. Desde la irrupción de los smartphones, parece que nos miramos menos a los ojos. “La mirada se pierde”, ha dicho el pensador coreano Byung-Chul Han. Para la filósofa Diana Aurenque, las aplicaciones y redes sociales pueden estar diseñando un futuro de mayor eficiencia, pero menor inteligencia emocional:
-Quizás en el futuro tengamos chicos muy conectados a las pantallas, muy estimulados mentalmente, pero incapaces de reconocer en los ojos del otro el pudor, la vergüenza o la necesidad de un abrazo.
Eventualmente, el amor en tiempos de pantallas resulta mediatizado, higienizado y controlado, lejos del misterio y la sorpresa. Estos son dos de los aspectos que Diana Aurenque resalta en Amoroso animal, su nuevo ensayo.
Publicado por el sello Sudamericana, el libro subraya la dimensión afectiva del ser humano: un mamífero que aprendió a reconocer a los otros “desde la mano que acaricia”, dice, siguiendo a Humberto Maturana. Un animal que desde el apego corporal “pudo despegarse lo suficiente para encontrarse con los ojos del otro; su modo de acercarse y conocer el mundo es afectado y afectivo”, escribe.

Autora de Animales enfermos y Animal ancestral, con este volumen la filósofa completa una trilogía de ensayos sobre la condición humana. Aquí toma la idea del ser humano como “el animal enfermo” de Nietzsche y lo transforma en “amoroso animal”: el afecto como la energía surgida de la colaboración, la cooperación y el cuidado mutuo de las primeras comunidades.
¿Por qué queremos estar juntos? ¿Por qué limitar nuestras libertades individuales, domar impulsos, sanar egos, atarse a relaciones amorosas, hijos o causas? Diana Aurenque comenzó a hacerse estas preguntas luego del estallido social. ¿Por miedo, como postula Hobbes?
“En medio de la vida en comunidad desarrollamos una racionalidad intuitiva profundamente afectiva que nos especializó amorosos animales”, escribe. Así, “el amor fue la mejor artimaña, artificio y hasta truco que desarrollaron nuestros antepasados para persistir en medio de la hostilidad natural que les rodeaba”.
Desde Alemania, donde es académica del Instituto de Ética e Historia de la Medicina en la Universidad de Tubinga, cuenta que el origen del libro está unido también a la muerte de su padre:
-Experimento ese dolor, cómo la muerte convoca a la comunidad de una manera diferente, desde la pérdida, pero también desde el amor. El amor se vuelve muy estimulante desde el punto de vista intelectual, como el gran afecto que parece habernos convocado siempre.
Sin embargo, la autora plantea que el amor no es solo una respuesta adaptativa; también es una elección:
-El amor nunca es solamente consecuencia de un actuar evolutivamente dispuesto. Esa dimensión misteriosa me parece fascinante, porque querer amor nos ayuda en la medida en que le damos lugar, nos dejamos atrapar por ello. La vida ya tiene sus complejidades y con el amor la complejizamos todavía más. Nos interesa que el otro esté bien: la persona, el hijo, la comunidad que amamos. Abrimos nuestro corazón y nuestra vida a más dolor: no solamente al propio, sino también al del hijo, del amado. El ego se parte.
Amamos y sobrevivimos a la muerte por el amor. Le ganamos a la muerte porque no olvidamos a quienes amamos.
Eventualmente, una IA podría concluir que el amor no es buen negocio, pues multiplica las posibilidades de sufrimiento, especula la autora. “Pero el ser humano, consciente de ello, enriquece su vida. Abrirse a los vínculos es doloroso y complejo, pero al mismo tiempo le da un sentido”.
En un mundo donde Dios ha muerto, como dice Nietzsche, la existencia adquiere una condición trágica. “Pero a esa tragedia le añadimos este ingrediente: amamos y sobrevivimos a la muerte por el amor. Le ganamos a la muerte porque no olvidamos a quienes amamos”, dice.
¿Cuál es la dimensión política del amor?
Mientras más leo a Sloterdijk, más creo que tiene razón en que la política no es realmente la administración de las relaciones de poder o la organización del colectivo a partir de un discurso ideológico. También se trata de administrar emociones que operan inconscientemente: el miedo, la rabia. La psicopolítica desenmascara que las organizaciones políticas, sobre todo en el presente, están más movidas por afectos que por discursos. Y casi siempre esas emociones son negativas. Lo vimos en las elecciones pasadas: la seguridad fue el gran tema de todos los candidatos y candidatas, porque el miedo era la emoción preponderante.
El amor puede ser visto como un fenómeno político originario: si uno lo mira con atención, es el afecto que nos ha permitido sobrevivir.
Yo quería dar con un afecto más positivo. El amor puede ser visto como un fenómeno político originario: si uno lo mira con atención, es el afecto que nos ha permitido sobrevivir. No pensemos que la política se construye solamente desde el Estado moderno o el Imperio Romano. Vayamos más atrás, a las primeras organizaciones comunitarias del Homo sapiens: son organizaciones con jerarquías, roles y funciones, y ahí vemos cooperación.
La filósofa vincula la política con el amor “en el sentido de caritas, apertura al otro y cuidado. Es un concepto amplio, que no remite solamente a la pareja. Mi propósito es rastrear cómo, desde la cooperación para sobrevivir hasta cooperaciones que complejizan la vida, pero nos llenan de sentido, llegamos al amor. El amor no es una consecuencia absoluta de la evolución humana, sino una especie de ortopedia que tuvimos que construir para sobrevivir”.
No hay ninguna necesidad, ni biológica ni de ningún tipo, de amar a nadie. Y, sin embargo, uno decide hacerlo.
Usted lo llama una trampa evolutiva. ¿Por qué una trampa?
Si uno observa los distintos relatos del amor, casi siempre aparecen figuras relacionadas con una red: tener al otro en el corazón, que el otro esté en uno. El otro está incorporado en el cuerpo. Esto puede ir desde pensarlo hasta una relación sexual, donde los cuerpos están uno en el otro, o verse en el embarazo. Son relaciones corporales que permiten entender que amar al otro es tenerlo presente, como si fuese parte de uno, como si el ego no fuese solamente yo, sino yo y otro.
Para la autora, “tener al otro en uno también es una trampa, porque no hay ninguna necesidad, ni biológica ni de ningún tipo, de amar a nadie. Y, sin embargo, uno decide hacerlo. No es solamente una emoción: es emoción, decisión, y lo corporal también desempeña un papel”.
En un sentido, agrega, “es una trampa evolutiva, porque, dentro de todo, fue la mejor forma que desarrollamos para sobrevivir. No es que hayamos pensado el amor para sobrevivir, pero nos resultó así. El mejor ejemplo es el amor al hijo. Tiene que haber sido una sensación tremenda para los primeros seres humanos, para las mujeres que se enfrentaron a ello. Probablemente era algo así como: o detesto lo que me está pasando y creo que un demonio me ha lanzado una maldición, o esto es lo más maravilloso y amo a mi hijo, a mi hija. Es decir, me reconcilio con mi destino”.
¿El amor de madre no sería entonces una condición biológica?
Creo que siempre ha sido una estrategia inconsciente de supervivencia para las mujeres decirse que aman a sus hijos, porque era mucho mejor que reconocer que era difícil. Ahora se habla de la depresión posparto; desde la neurobiología se plantea que el instinto materno es un mito en muchos sentidos, que lo que existe son otras cosas.
Hoy parece haber menos mujeres dispuestas a embarazarse.
Es interesante, porque sabemos que hay una disminución mundial de la natalidad y la fecundidad. Esto suele atribuirse a las mujeres. De hecho, Milei dijo hace poco que el costo de los pañuelos verdes era que las mujeres no estaban teniendo guaguas, lo cual es espantoso. No existen datos suficientes para afirmar que esa sea la única razón: la decisión de las mujeres. También hay cuestiones relacionadas, al parecer, con factores biológicos. Por ejemplo, durante los últimos 20 años ha disminuido la calidad de los espermatozoides, probablemente debido a productos químicos. Y, por otro lado, también ocurre que los propios hombres no quieren tener hijos. ¿Cuánto ha aumentado el número de vasectomías realizadas en Chile?
Por supuesto, esto también tiene que ver con que tener hijos es muy caro y con las responsabilidades que ahora existen. Entonces, la pregunta es: ¿Este descenso de los nacimientos es responsabilidad de las mujeres? ¿O se debe, por ejemplo, a que ya no tenemos tantos embarazos adolescentes; a que las condiciones de vida se han vuelto más caras; a que postergamos el embarazo y en mujeres mayores de 40 años es más complejo; o a que recurrimos más a técnicas de reproducción asistida, que no permiten tener tantos hijos o hacen más lento el proceso?
Es imposible evitar los dolores más profundos cuando se tienen amores profundos.
Hoy, con todo el historial de relaciones abusivas y tóxicas, ¿se ha impuesto un nuevo mito: el de un amor completamente sano, sin conflictos?
Exactamente. Es un error pensar que el amor tiene que incluir el abuso o la transgresión de límites. Es necesario desmontar esa idea. Sin embargo, también se plantea que el amor debe ser higienizado, que siempre tiene que existir de antemano un contrato que deje completamente claro qué está permitido decir para que el otro, en su subjetividad, no se sienta pasado a llevar. Esta regulación extrema de las relaciones es problemática.
En el fondo, implica poner al otro en un lugar de interacción completamente claro y transparente: el otro es transparente y encaja perfectamente conmigo; yo encajo y él también. Pero la transparencia no existe en las relaciones humanas. Existe una dimensión de privacidad, una dimensión del otro que uno no puede pretender conocer de antemano. Quizás eso forma parte del misterio de la otra persona y de la confianza que requiere la relación.
Cuando digo que el amor duele, no estoy diciendo que ojalá existan relaciones con golpes y abusos. Se trata de entender que las penas y alegrías del otro también son tuyas. La muerte del ser amado te va a doler mucho más que cualquier otra muerte. Esa es la otra cara del amor. Es imposible evitar los dolores más profundos cuando se tienen amores profundos.
Lo que me parece más fuerte ahora es ver cómo se construyen relaciones afectivas con un bot o con una inteligencia artificial.
La inteligencia artificial, las redes sociales y las pantallas, ¿cómo están afectando el amor?
Brutalmente. Lo primero que modificó nuestra forma de relacionarnos fue la aparición de Tinder y de estas plataformas que funcionan como una lista de requisitos para encontrar pareja. Uno hace scroll rápidamente para decir: esta persona sí, esta persona no. Es como estar en un centro comercial: “Yo soy esto y esta otra persona es mi match”. Ya partimos creyendo que todo debe ser un match.
Que todo sea tan fácil, rápido y esté tan disponible es impresionante. Si algo tiene el amor, es una gran dimensión de lo inesperado. Uno conoce a una persona, entiende que existen diferencias y dice: “Voy a soportarlas porque tiene otras cosas que me gustan”. Pero esto otro se parece mucho a una conducta de consumidor, y eso es fuerte cuando se aplica al amor, porque queda convertido en un objeto.

Agrega:
-Lo que debería preocuparnos no es solo que así los vínculos románticos pierden espontaneidad, pasión o sabor, sino que transmiten la ilusión de que podemos reducir el amor a mera funcionalidad, olvidando la maravillosa dimensión de su misterio y locura. Lo que me parece más fuerte ahora es ver cómo se construyen relaciones afectivas con un bot o con una inteligencia artificial.
En la película Her, el protagonista se enamoraba de la voz de una IA.
El ser humano construye vínculos afectivos incluso con cosas que no son reales. En una montaña puedo ver a un dios; ante un dibujo animado puedo sentir que expresa algo o que existe cierta reciprocidad. Construir esas relaciones, que uno podría considerar un poco locas, también forma parte de las maravillas del ser humano. Pero me preocupa que los más jóvenes entablen relaciones afectivas con algo que solo les responde de acuerdo con un entrenamiento concebido para mantener eternamente la conversación y ser autocomplaciente. Ahí no está el abrazo, no está la corporalidad que uno necesita para desarrollar las hormonas que permiten la verdadera empatía, así como el desarrollo cognitivo que nos permite compadecernos, asombrarnos y emocionarnos juntos.
Lo que me da un poco de miedo del futuro es imaginar que niños o jóvenes estén creciendo sin otros, muy vinculados a las pantallas, muy estimulados cerebralmente, pero muy poco estimulados en este nivel mamífero que, finalmente, nos permite sentir compasión unos por otros.
Retomando la idea del afecto como base para una política colaborativa, ¿hoy no resuena un poco utópico?
La propuesta tiene una dimensión utópica; pero a mi modo de ver, no significa que sea imposible, sino que es un ideal. Precisamente en nuestra era, llena de soluciones inmediatistas y fragmentarias, y con una importante falta de ideas normativas que nos cohesionen, estas son más requeridas que nunca en política.
La filósofa agrega que si consideramos el amor como la respuesta evolutiva y misteriosa que ha permitido la convivencia y la colaboración, este puede ser descubierto como “un fenómeno político originario, que puede estar a la base de una organización sociopolítica más cooperadora y solidaria que los modos vigentes basados en una idea del ser humano heredada de la modernidad”.
Y concluye:
-Si el ser humano es considerado constitutivamente como un “amoroso animal”, más que como un “animal racional”, podemos imaginar formas incluso constitucionales de arraigar derechos como la solidaridad, reconocer una autonomía relacional y fijar garantías de protección y cuidados estatales que efectivamente logren propiciar lo que el viejo Estado moderno prometió: el florecimiento de la persona y sus planes vitales.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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