Por Rafael Rincón-Urdaneta
Bill Gates, la IA y los buenos ancestros

En 1995, el dramaturgo y estadista checo Václav Havel advirtió en Harvard que, con tan colosales avances humanos, solo un soñador podía creer que la solución a los desafíos del progreso consistía en detenerlo. La tarea, dijo, era renovar radicalmente nuestro sentido de responsabilidad: «Nuestra conciencia debe alcanzar a nuestra razón; de lo contrario, estamos perdidos». Tres décadas después, su consejo brilla incluso más que entonces.
Bill Gates, uno de los arquitectos de la revolución informática de fines del siglo XX, ha publicado un extenso ensayo donde reconoce que, durante toda su vida, quiso que la innovación corriera a toda velocidad. Pero con la IA quisiera que sus beneficios vinieran pronto y sus problemas pudieran esperar. El asunto es que ambos están llegando de la mano.
Gates no es la excepción. Recordemos aquella carta de 2023 que pidió ralentizar temporalmente el desarrollo de sistemas de IA más poderosos, la Encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, la reciente iniciativa We Must Act Now del Stanford Digital Economy Lab y, en Chile, la Carta a los Empresarios del cardenal Fernando Chomalí. Todas estas voces distintas están convergiendo en una inquietud semejante. Mientras no dudan del enorme potencial transformador y benéfico de las tecnologías modernas —aunque difieran en cuanto a la magnitud de los riesgos, los escenarios más plausibles y las soluciones—, sí parece haber, en cambio, cierto consenso: nuestras capacidades tecnológicas avanzan más rápido que nuestra aptitud para comprender sus impactos y construir a tiempo los marcos y criterios necesarios para gobernarlas.
En el caso de Gates, su alerta va sobre tres puntos: el futuro del trabajo; la capacidad de la IA para amplificar los beneficios, pero también el daño; y sus efectos sobre el desarrollo humano y las relaciones. Y le preocupa que la misma herramienta capaz de permitirnos aprender más que nunca pueda llevarnos también a aprender menos, debilitando el pensamiento crítico, sobre todo entre los más jóvenes. Es la posible «deuda cognitiva» de la que empieza a hablarse.
Hay algo que merece atención por sus implicancias en el debate público y en cómo vemos el futuro y tomamos decisiones hoy. Entre las muchas ideas que expone el hoy filántropo en su escrito, así como en los mencionados y en otros de similar tenor, hay un llamado implícito a la «responsabilidad intergeneracional».
Solemos pensar que mirar a largo plazo consiste en extender nuestras proyecciones hasta 2040 o 2050 —2030 se nos quedó corto—, cuando todavía nos vemos en el mundo, aunque sea con un bastón. Eso, en términos históricos, es apenas un instante y deja fuera a millones de personas que vendrán después de nosotros. El encargo —ahora y no mañana— es tomar decisiones pensando en un tiempo mucho más lejano en el que ya no estaremos, cuyos habitantes no conoceremos y cuyos beneficios nunca veremos. Es una de las mayores exigencias del liderazgo: asumir ciertas resoluciones presentes por personas que no podrán agradecernos, premiarnos ni votar por nosotros.
Edmund Burke describió la sociedad como un contrato no solo entre quienes viven, sino también con quienes ya murieron y quienes todavía han de nacer. Como buen clásico, nos habla con igual claridad en la era de la IA. Y es que los futuros ciudadanos son, en la jerga corporativa, stakeholders de nuestras decisiones actuales, pero no tienen silla en ningún directorio, parlamento, comité de inversión o laboratorio. Algunos ya están aquí: son los niños que convivirán durante más tiempo que nosotros con sistemas que los adultos estamos diseñando, financiando, regulando e introduciendo en sus vidas.
Bina Venkataraman, autora de El telescopio del optimista, habla de ser «buenos ancestros». La idea no exige acertar en todas nuestras predicciones sobre el mundo de 2100 ni diseñárselo paternalmente a quienes vendrán, sino algo más razonable: dejar mejores instituciones, principios sólidos, más capacidades y suficiente margen para enmendar nuestros fallos y aprovechar oportunidades que hoy ni siquiera imaginamos.
El progreso humano nunca ha sido una línea ascendente trazada con perfectas mejoras sucesivas. Avanzamos en la incertidumbre, nos equivocamos, rectificamos, descubrimos efectos imprevistos y aprendemos a ejercer poderes que antes no teníamos. El balance histórico, con retrocesos incluidos, es el de una humanidad cada vez más próspera y capaz.
La responsabilidad —y especialmente la intergeneracional— no puede ser el freno del progreso humano, sino parte de su definición. Exige complejos equilibrios entre audacia, productividad, competitividad, salvaguardas y prudencia estratégica. No se trata, en ningún caso, de renunciar a los beneficios de nuestros ingenios sino de aprovecharlos plena y sabiamente.
Con la IA tenemos, como dice Gates, una oportunidad extraordinaria para construir un futuro mejor. Pero no llegará automáticamente. Stefan Zweig llamó «momentos estelares» a esos instantes en que el azar o unas pocas decisiones pueden alterar el rumbo de la historia. Quizás nos encontremos ante uno de ellos. ¿Estamos, como pedía Havel, haciendo que nuestra conciencia alcance a nuestra razón y esté a la altura de este momento?
Por Rafael Rincón-Urdaneta Zerpa, Fundación País Digital.
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