Por Constanza Palma
Mi mascota y yo: Molly, la gata viajera
Tiene dos años, más de 56 mil seguidores y varios kilómetros recorridos. Molly pasea con arnés, viaja al sur y hasta ha hecho trekking en la montaña. Pero nada de eso estaba en los planes cuando Magdalena, su dueña, cuando decidió adoptarla.

Cuando Magdalena pensó en adoptar una mascota no estaba buscando una compañera de viajes, sino simplemente una compañera de vida. Vivía con su pareja y, aunque en su casa había otros gatos, ninguno era exclusivamente suyo. Así que comenzó a mirar publicaciones de animales en adopción hasta que apareció una foto que la hizo detenerse. “Vi a la Molly y dije: ‘esa es’”. La gatita tenía apenas dos meses.
El primer encuentro dio una pista de lo que vendría después. La llevaron a casa en auto y, para sorpresa de Magdalena, Molly se comportó increíblemente bien durante todo el trayecto.

Ya en casa, prepararon todo para recibirla: su arenero, sus juguetes, su collar y sus cosas. Y Molly volvió a sorprender. “No le enseñamos nada”, dice Magdalena. Desde el primer momento, la pequeña gata se adaptó perfectamente a su nueva vida.
Su personalidad también empezó a aparecer desde esos primeros meses. Magdalena la describe como “muy tranquila y paciente”, pero también aventurera: “Le gusta mucho explorar y oler todo”.
Sus primeros paseos, sin embargo, no fueron planificados. Como Molly todavía era muy pequeña y en la casa convivía con otros gatos que tenían acceso al exterior, Magdalena comenzó a llevarla consigo cuando iba a sus clases de batería. No quería dejarla sola ni exponerla a los otros animales.
Durante unas tres semanas, Molly la acompañó a su sala de estudio. Iba en auto, pasaba el día junto a ella y luego regresaban a casa. Hasta que un día Magdalena decidió probar algo nuevo: llevarla a una plaza. “Le había comprado un mini arnés, se lo puse y nunca hubo problema, nada. Fuimos a la plaza y la Molly se puso a jugar. No sabía que eso se podía”, recuerda.

Desde entonces, los paseos se volvieron parte de su rutina. Primero fueron plazas, después parques más grandes, como el Bicentenario y, poco a poco, otros lugares de Santiago. Molly se fue adaptando a cada nuevo escenario.
“Fue algo muy gradual”, explica Magdalena. “Yo nunca la adopté pensando en que quería un gato para que saliera conmigo. De hecho, ni siquiera lo tenía en la cabeza”. Pero Molly parecía disfrutarlo y eso abrió una nueva posibilidad: viajar juntas.
La familia de Magdalena tiene una casa en el sur, donde suelen pasar largos períodos. Así que, para unas vacaciones, pensó que si Molly disfrutaba tanto salir, también podría acompañarlos.
El primer gran viaje fue a Pucón. Allí Molly conoció paisajes completamente distintos a los que había recorrido en Santiago. “Fuimos a los pies del volcán, al bosque y la Molly se adaptó súper bien. Le gustaba, olía muchas cosas. Yo la veía que estaba muy entretenida”, cuenta.
Así, Molly se convirtió oficialmente en una compañera de viaje. En el auto tiene su propia cama y, cuando salen por períodos largos, Magdalena lleva todo lo que puede necesitar. Antes de partir, además, revisa que el GPS que usa Molly tenga batería y prepara los implementos para sus paseos.

Y aunque suele desenvolverse muy bien, hay algunas cosas que todavía no le encantan. Los perros pueden ponerla nerviosa, al igual que las personas que se detienen a observarla mientras pasea. Aun así, Magdalena cuenta que generalmente se mantiene tranquila.
De todas las aventuras que han vivido juntas, hay una que ocupa un lugar especial: el ascenso al cerro El Cañi, en Pucón. “Fue un trekking súper intenso. Eran como cuatro horas y nosotros nos demoramos ocho. La Molly aperró hasta el final”, recuerda Magdalena. Los tres terminaron agotados, pero felices. “Fue muy especial”, cuenta.
Las aventuras de Molly eventualmente llegaron a Instagram. “Pensé ‘le voy a hacer un Instagram como por si acaso. Por último, para guardar fotos de ella’”, cuenta. Pero después descubrió otras cuentas de gatos que viajaban por distintos países y se le ocurrió que Molly también tenía algo que mostrar. Así empezó a compartir sus paseos, sus reacciones y sus encuentros con otras personas.
La cuenta fue creciendo poco a poco y hoy Molly tiene una comunidad de más de 56 mil personas que siguen sus aventuras e incluso la reconocen cuando la ven en la calle. Magdalena dice que no busca convertirla en una celebridad con millones de seguidores. Lo que más valora es el cariño que ha generado. “Con lo que tengo ahora, con lo que tenemos, es suficiente. La gente la quiere tanto que para mí eso es lo que más me gusta”, dice.

Un vínculo construido con respeto
Más allá de los viajes, hay algo que Magdalena ha intentado cuidar desde que Molly era pequeña: “Lo que traté de hacer siempre, desde que era chiquitita, fue nunca obligarla. Nunca decirle: ‘Ya, tienes que venir conmigo porque yo soy tu dueña’”. Con el tiempo, ambas fueron aprendiendo a entenderse dentro de sus propias formas de comunicación. “Yo quería construir algo desde el respeto”, cuenta.
Molly tampoco es una gata particularmente melosa. “Ella es súper independiente. Tiene su espacio, yo tengo el mío, pero siempre estamos juntas”, describe Magdalena. Y aunque no puedan decirse con palabras cuánto se quieren, han desarrollado sus propios códigos. Magdalena ha aprendido a reconocer el cariño de Molly en su manera de acompañarla, de estar cerca y compartir con ella, incluso sin buscar permanentemente el contacto.
Esta gatita aventurera también ha cambiado la manera en que Magdalena disfruta las cosas simples y ha despertado en ella una forma de cuidado que no conocía. “Uno igual a veces se ambiciona en la vida, pero en verdad estar afuera con la Molly escuchando el viento, los pajaritos y cómo corre el agua, no hay nada que para mí pueda superar eso”. Y agrega: “Es como el cariño de madre que no sabía que tenía”.
—“Para mí lo es todo”— cierra.
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