Culto

Daniel Alarcón: “Crecí en Estados Unidos con una narrativa de inclusión, pero con Trump uno siente que le vendieron una mentira”

Nacido en Lima y criado en Alabama, el escritor reedita Radio Ciudad Perdida, la novela que lo instaló en la primera línea de la literatura latinoamericana. Inspirada en la desaparición de un tío durante los años de violencia política en Perú, hoy encuentra nuevas lecturas. Profesor en Columbia y fundador de Radio Ambulante, Alarcón habla de Trump, migración y de su desencanto con Estados Unidos.

Solía preguntarse cómo habría sido su vida. Cómo habría sido de no haber emigrado a Estados Unidos, a donde llegó con sus padres a fines de los 70. Cómo habría sido quedarse y vivir en Lima, la ciudad donde nació en 1977. Daniel Alarcón creció en Alabama, en un suburbio estadounidense de clase media, lejos de la violencia que remeció a su país durante los 80. Una guerra contra el terrorismo que se llevó muchas vidas, entre ellas la de su tío Javier, desaparecido en la selva.

-Tenía un sentimiento de culpa, como si por el azar de la inmigración me hubiera salvado de una situación muy complicada, muy dura, muy violenta -dice.

A los 20 años decidió viajar a Perú y seguir las huellas de su tío. Conocer y entender la historia de aquel ”resultó ser también una búsqueda de cuál habría sido mi vida alternativa: qué habría pasado, quién sería yo si nos hubiéramos quedado”, cuenta.

De algún modo, esa fue la chispa que dio origen a Radio Ciudad Perdida, su primera novela. Publicada originalmente en 2007 y reeditada ahora por Banda Propia, fue la novela que puso el nombre de Alarcón en la primera línea de la narrativa latinoamericana.

Radio Ciudad Perdida transcurre en un país sin nombre, 10 años después de una guerra entre el Estado y una organización insurgente. El gobierno ha vencido, los pueblos han sido rebautizados con números y se ha instalado un relato oficial de los hechos. Aún hay cientos de refugiados. Norma es la voz más querida y confiable del país, y los domingos por la noche conduce un espacio radial dedicado a los desaparecidos. Cada semana lee al aire sus nombres y en ocasiones logra unir familias. Un día llega a la emisora un niño de 11 años, con una lista de desaparecidos de su comunidad. El niño proviene de un pueblo en la selva, el mismo donde se perdió el rastro de Rey, el marido de Norma.

A casi 20 años de su primera edición, la novela encuentra resonancias en un mundo que registra nuevas formas de violencia, el auge de líderes autoritarios, el endurecimiento de políticas migratorias y nacionalismos excluyentes. Profesor en Columbia, Alarcón es fundador de Radio Ambulante, un podcast narrativo que cuenta historias de Latinoamérica y que, de algún modo, dice, lo ha hecho ser “más latinoamericano”.

A raíz de esa investigación y esa búsqueda, que ciertamente era una búsqueda de identidad, conocí mi país más allá del dolor y de esos acontecimientos traumáticos.

El autor recuerda con cariño la escritura de la novela:

-Lo interesante es que, para un lector, una novela es una historia con personajes y una trama; para un autor, en cambio, es un periodo de su vida. Uno se acuerda de dónde estaba cuando escribió tal línea o tal escena, o en qué situación se encontraba cuando resolvió un problema narrativo que le estaba dando muchas vueltas. Para mí no es solo una historia, sino una etapa de la vida: los años de universidad, una relación, el apartamento o la ciudad donde vivías.

La novela partió de una experiencia biográfica, de una investigación personal en torno a su tío desaparecido. ¿Qué significó esa búsqueda y esa conexión con Perú?

Es una pregunta muy interesante, porque mi relación con Perú ha cambiado a lo largo de estos años. En la época en que escribí esta novela, yo tenía un sentimiento de culpa, como si por el azar de la inmigración me hubiera salvado de una situación muy complicada, muy dura, muy violenta. Tratar de entender qué había pasado con mi tío resultó ser también una búsqueda de cuál habría sido mi vida alternativa: qué habría pasado, quién sería yo si nos hubiéramos quedado.

A raíz de esa investigación y esa búsqueda, que ciertamente era una búsqueda de identidad, conocí mi país más allá del dolor y de esos acontecimientos traumáticos. Conocí a la gente, la cultura, la geografía y la diversidad étnica, lingüística y ambiental de Perú de una manera mucho más compleja, que iba más allá de la experiencia familiar.

La novela describe los efectos de una guerra en un país sin nombre. Podemos vincularlo con Perú y la guerra contra Sendero Luminoso, pero también con algunas de las dictaduras de Sudamérica. ¿Qué nos dice hoy?

Cuando la novela se publicó apareció en muchos países: Estados Unidos, Francia, España, Alemania, y varios lugares de América Latina. Tuve muchísima suerte, porque eso me permitió ver cómo existía en diferentes contextos históricos y culturales. En Estados Unidos, parte del clima autoritario sobre el que estaba escribiendo tenía ecos de la llamada ‘guerra contra el terror’, de George W. Bush: los gestos autoritarios hacia los disidentes y ese patriotismo severo que se convirtió casi en una religión de Estado. Si no estabas a favor de la guerra en Irak, estabas a favor de Al Qaeda o cosas así.

En Alemania, recuerdo que los lectores la relacionaban con los silencios de la posguerra y con la pregunta por lo que había hecho la gente durante la Segunda Guerra Mundial. Estuve también en Chile para presentar la novela y allí tenía otras connotaciones; en Argentina, también, por las dictaduras de los años 70. Eso es lo lindo de la literatura. No existe una sola novela: cada lector se inventa una versión de ella, en conversación constante con su propio pasado, su historia y el contexto cultural e histórico en que la está leyendo.

Las coincidencias con el presente son preocupantes y terroríficas. Me doy cuenta de que hay ciertos ecos y una relevancia inesperada.

¿Cómo ve la novela a la luz del clima político actual?

Me sorprende y me alegra que el libro siga teniendo relevancia, porque no es tan obvio que uno pueda esperar eso de una novela que escribió a los veintitantos años. Obviamente, uno no puede predecir esas cosas: simplemente plasma sus preocupaciones en los acontecimientos que les toca vivir a sus personajes. Las coincidencias con el presente son preocupantes y terroríficas. Me doy cuenta de que hay ciertos ecos y una relevancia inesperada. Espero que eso lleve a que más gente la lea.

¿Cómo es su relación actual con Perú?

Tengo mucha familia en Lima y Arequipa, y muchísimos amigos. Viajo a Perú dos o tres veces al año. Lo que ha ocurrido, y creo que es importante reconocerlo, es que a lo largo de los años de trabajo en Radio Ambulante, con un equipo tan latinoamericano, me he vuelto quizá un poco menos peruano y un poco más latinoamericano, lo cual es interesante. Este año estuve viviendo en Bogotá, por ejemplo. Mi esposa es colombiana, trabajo con argentinos, chilenos, mexicanos, costarricenses, venezolanos, colombianos y uruguayos. Es un equipo muy diverso. Creo que he aprendido a ver Perú en un contexto regional y a entenderlo de esa manera.

Supongo que uno tendría que reconocer que Keiko (Fujimori) es persistente y ahora logró lo que ha sido su meta desde muy joven, desde que fue primera dama de su papá a los 18 años. Me parece una mujer muy peligrosa, en cierto sentido, porque tiene el control del Congreso.

¿Cómo ve hoy la violencia en Perú, donde la presidenta ha anunciado la militarización de las calles? ¿Qué piensa de su llegada a la presidencia?

Durante 20 años o más, el principal poder político en Perú ha sido el antifujimorismo. Keiko ganaba la primera vuelta y, en la segunda, vencía otro candidato: podía ser Humala, de izquierda; PPK, de derecha y neoliberal, o Castillo. Podía ser cualquier persona, menos Keiko. Supongo que uno tendría que reconocer que Keiko es persistente y ahora logró lo que ha sido su meta desde muy joven, desde que fue primera dama de su papá a los 18 años. Me parece una mujer muy peligrosa, en cierto sentido, porque tiene el control del Congreso. Y el Congreso de Perú es una colección de impresentables y corruptos que representan pequeñas y grandes mafias a lo largo y ancho del país. No sé si sea correcto decirlo, es el principal motor de la inestabilidad política que hemos sufrido durante la última década. Ahora ella se beneficia de eso en la presidencia, porque ahí nadie la va a vacar. Me preocupa mucho.

Respecto de la violencia, no creo que haya funcionado muy bien en México cuando Calderón sacó al Ejército a las calles para luchar contra el narcotráfico. Es verdad que el país y el ciudadano de a pie están sufriendo una violencia terrible y que algo se tiene que hacer. Solo que no estoy seguro ni convencido de que lo que propone la presidenta sea la solución.

Estados Unidos

De niño era el más norteamericano de sus hermanos, según ha contado. ¿Dónde sitúa hoy su pertenencia?

Sí, es verdad. Crecí en Estados Unidos, en un suburbio gringo bastante normal, de clase media, en el sur, en Alabama. Sentía que pertenecía a un país que tenía una narrativa de inclusión, expansión y diversidad. Sobre todo desde 2016, con la llegada de Donald Trump al poder, ha sido una gran decepción personal. Uno, como inmigrante, necesita creer en un país porque se siente identificado con su proyecto. Con Trump y, sobre todo, con su segunda elección, uno siente verdaderamente que le vendieron una mentira. Todas esas cosas sobre las que pensaba que estábamos de acuerdo, que existía un consenso, por ejemplo, algo tan básico como que el racismo es malo, resulta que no: no estamos de acuerdo, no hay consenso en Estados Unidos acerca de que el racismo es malo.

Quizá fue ingenuidad de mi parte. Siempre entendí que Estados Unidos era un país muy imperfecto, como todos los países, pero sentía que teníamos que apuntar hacia una versión del país que me incluía. Ahora siento que eso está en veremos. Se ha quebrado algo en mi relación con Estados Unidos. Sigo amando al país y su gente. Hay personas muy valiosas, talentosas, creativas, éticas, luchadoras y comprometidas en Estados Unidos. Eso es lo que rescato. Y hay otra gente que no.

La política actual de Donald Trump y del Partido Republicano frente a la migración consiste básicamente en fusionar el patriotismo con la crueldad.

¿Cómo ve el problema de la migración?

La política actual de Donald Trump y del Partido Republicano frente a la migración consiste básicamente en fusionar el patriotismo con la crueldad. Es decir, plantear que la manera de ser patriota, de expresar amor por Estados Unidos, es ser cruel, brutal y violento contra quienes, en muchos casos, son las personas más vulnerables y precarias de la sociedad: los migrantes. Entiendo que cada país debe tener sus reglas y sus fronteras. Pero Trump dijo que iba a expulsar a criminales y gente peligrosa, y lo que está haciendo es algo completamente distinto. Es lo que muchos temíamos. Trump no es una persona a la que uno deba creerle: hay miles de ejemplos de su carácter y de su manera de aproximarse a la verdad. No es una sorpresa, pero es terrible, es brutal.

¿Qué piensa de los ataques y las restricciones que han enfrentado las universidades y los estudiantes?

Soy profesor en Columbia University, en Nueva York. Es una institución que he querido mucho y donde trabajo con estudiantes muy talentosos. Me parece terrible que mi universidad, mi institución, se haya quebrado tan fácilmente ante las amenazas del gobierno de Trump. Ojalá eso se pueda revertir.

¿A qué se refiere?

Cuando entró Donald Trump, hubo algunas instituciones —pocas— que decidieron pelear y otras que decidieron arrodillarse prematura o instantáneamente, digamos, para evitar problemas en el futuro. Todos lo aprendimos en las calles o en los recreos del colegio: cuando tienes un bullying, si no te defiendes, el bullying ya encontró una presa fácil. En el caso de Columbia, lo que hizo el Presidente Trump fue amenazar inmediatamente con quitarle a la universidad 400 millones de dólares de fondos de investigación científica para obligarla a reconocer que había sido antisemita o que había permitido el antisemitismo. Ahora, el antisemitismo existe, por supuesto, y al mismo tiempo, existieron sentimientos y actos violentos antimusulmanes y antipalestinos durante los meses posteriores a los ataques del 7 de octubre.

La universidad —yo estaba allí, vivo en el barrio— se encontraba en una situación álgida, compleja, con muchos resentimientos, muchas peleas políticas y mucha tensión. Admitir prematuramente, ante la amenaza de Trump y de perder esos 400 millones de dólares, que la universidad no hizo nada para proteger a sus estudiantes judíos es falso. La universidad intentó e hizo muchas cosas y no es una institución antisemita en absoluto. No lo es. Y que la universidad se rinda ante este chantaje, aceptando que la manera de abordar un tema tan complejo como el antisemitismo es cortar fondos de investigación científica que no tienen nada que ver con nada, significa aceptar esa lógica. En vez de pelear, es simplemente rendirse; es aceptar la lógica del bullying en vez de defender el valor de la universidad como institución y el valor de la investigación como un bien social. A eso me refiero.

¿Cómo es hacer clases de periodismo en Estados Unidos cuando el presidente desacredita permanentemente a los medios y a los periodistas?

Me imagino que no es tan diferente de hacer clases de periodismo en Chile, Colombia, Perú, Argentina o, ciertamente, México. Si hablamos de izquierdas y derechas, el expresidente López Obrador pasó muchos años de su mandato criticando a la prensa libre en México. Esto no es algo que exista solo en Estados Unidos. Hay mucha presión sobre la industria periodística y sobre los jóvenes que pretenden entrar a este campo. Si a los 20 años quieres ser periodista y estudiar periodismo, ya tienes de por sí el valor del bombero que entra a un edificio que se está quemando. Sientes que es una obligación personal.

En mi experiencia, mis estudiantes siguen siendo excelentes y comprometidos con el oficio. Tienen una energía, una vitalidad, una valentía y un coraje que quizá no eran tan necesarios en este mismo campo hace 20 o 30 años. Los admiro y por eso sigo siendo profesor.

¿Qué ha significado el proyecto Radio Ambulante, en lo personal y también desde un punto de vista literario?

Cuando la gente habla de radio y quiere hacer un diseño gráfico que represente un podcast, no sé si te has dado cuenta, siempre pone un micrófono. Creo que eso es un error. La representación visual del trabajo que hacemos en Radio Ambulante no debería ser un micrófono, sino unos auriculares, porque lo más importante en lo que hacemos es escuchar, no hablar.

En ese sentido, creo que la novela —o mi manera de escribir novelas, mi manera de trabajar la literatura— siempre ha tenido como base escuchar. Yo no escribo realmente historias personales, o lo hago muy poco. Escribo mucho más sobre las vidas de los demás. En ese sentido, Radio Ambulante es una extensión de mi trabajo literario.

Agrega:

-Radio Ambulante viene a ser una manera de profesionalizar algo que para mí siempre ha sido parte de mi vida, de mi punto de vista y de mi manera de interactuar con el mundo: hablar con la gente, escucharla, hacer preguntas, estar presente cuando las personas cuentan sus penas, sus traumas, sus logros, su vida personal, etcétera. En ese sentido, el trabajo de Radio Ambulante me parece absolutamente complementario con mi trabajo literario.

Desde un punto de vista personal, dice, “Radio Ambulante me ha permitido ser quizá menos peruano y más latinoamericano. En mi día a día trabajo con un equipo de gente muy talentosa de Colombia, Venezuela, México, Argentina, Perú, Chile, Ecuador y Costa Rica, entre otros países. Eso solo me ha nutrido y me ha ayudado a entender mejor nuestra región”.

Más sobre:Daniel AlarcónCultoRadio Ciudad PerdidaEstados UnidosPerùDonald TrumpNovelaRadio Ambulante

COMENTARIOS

Para comentar este artículo debes ser suscriptor.

La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE