Paula

Qué leer de Roberto Merino, candidato al Premio Nacional de Literatura

Cronista y ensayista. A veces poeta, a veces editor, profesor universitario y músico de rock. También parte de la historia de Paula, donde fue columnista. Todas esas cosas es Roberto Merino, autor, podríamos decir, de la tradición de grandes cronistas chilenos como Joaquín Edwards Bello, ampliamente conocido por cartografiar y describir una ciudad como Santiago de Chile. Acá, un grupo de voces invitadas por Paula recomienda sus obras.

Qué leer de Roberto Merino, candidato al Premio Nacional de Literatura MARIO TELLEZ

Un buen ejercicio para desarmar la escritura de Roberto Merino es verlo en una de sus clases de ensayo en la Universidad Diego Portales. Ahí da vía libre a su habilidad para hablar de cualquier tema desde un ángulo ignorado y esa especie de alquimia verbal que es capaz de poner en funcionamiento de un momento a otro: de una idea de Samuel Johnson salta a una canción que escuchó en la radio del taxi y, como si nada, acaso subiendo por otra rama, termina con la ansiedad por la hora de cierre en los diarios.

En el mismo barrio República, Merino confiesa un método para las columnas semanales que publicó en lugares como LUN y Paula: no tener ningún tipo de pauta.

Esto es, a última hora, llegado el momento de escribir, escribir sin nada en la cabeza y sin saber de qué va a tratar el texto. Ya lo dijo Edwards Bello, de quien tuvo a cargo la edición crítica de sus crónicas: como caiga, lo primero que aparezca.

Algo visto, algo leído, algo recordado; cualquier detalle sirve de pretexto para seguir escribiendo.

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Roberto Merino nació en 1961 y su obra es más bien antológica: por ahí los libros de crónicas y columnas Todo Santiago, En busca del loro atrofiado, Por las ramas, Barrio República, Ciudad del olvido, Combustión espontánea y las letras del grupo Ya se fueron, los poemarios Transmigración y Melancolía artificial, la novela Mundos habitados, los ensayos Lihn, ensayos biográficos. Aunque también sería justo apuntar que parte de su trabajo ha sido el de un fantasma, compilando la Antología del humor literario chileno y las columnas y crónicas completas de Joaquín Edwards Bello, o editando las desaparecidas revistas Apsi, Fibra y el diario El Metropolitano.

“La mejor prosa chilena”, cuenta el escritor argentino Mauro Libertella que le dijo Alejandro Zambra en alguna visita a Buenos Aires, cuando se enteró de que iba a salir un libro de Roberto Merino con edición local (En busca del loro atrofiado, Mansalva): “Los de Merino son textos en primera persona que nunca suenan egocéntricos, son textos sobre Chile que nunca bajan línea, son textos del presente que nunca se agotan en lo coyuntural, son textos sobre el pasado que nunca sucumben a la melancolía”, anota Libertella.

En la escritura de Merino los márgenes parecen inexactos. Puede ser la defensa de un espacio de la memoria, como la sobremesa ociosa con el sentido común. Están ahí el asombro pero también la displicencia, la biblioteca personal y la búsqueda de una verdad -que no es absoluta sino la más útil.

Así se presentan sus columnas, como una divagación hasta alcanzar un punto inesperado alimentado por recuerdos, vivencias y un imprevisto humor negro como la mugre del microondas.

Como un autor pendiente del flujo de palabras, pensamiento y circunstancias, Merino se mimetiza en los cafés de Providencia. Allí, entre el ruido y la soledad del anonimato, su escritura se acuesta con cavilaciones y las evaluaciones de su propio quehacer.

En esa línea, hace unos años le dijo al desaparecido programa del cable Trazo mi ciudad que el rumor de los cafés “es el mejor sonido para desconectarse y poder seguir la línea de los pensamientos”.

Qué leer de Roberto Merino

Cuando la razón nos falla, empleamos la experiencia, ensayó Montaigne. Y Merino, que hizo de caminar por Santiago uno de sus sellos distintivos, se ha especializado en apuntar los cambios de la capital chilena a través de sus propias interrupciones asociativas.

Con la noticia todavía tibia de su postulación al Premio Nacional de Literatura 2026, un puñado de entendidos en su obra cuenta a Paula dónde hincar el diente y entrar al universo de uno de los candidatos más serios al galardón.

Matías Rivas, editor

-Recomiendo el libro de Merino titulado En busca del loro atrofiado, que podría definirse como una autobiografía fragmentaria, oblicua. Es un libro que destaca por el humor, las observaciones agudas sobre la vida cotidiana y la sensibilidad literaria. Lo considero un retrato de la madurez, un testimonio del transcurso del tiempo y sus huellas sobre el carácter, el cuerpo y la percepción. Está escrito con una prosa que fluye y explica lo inaudito de la condición íntima sin complicarse. Hay pocas obras que reúnan con tanta destreza la inteligencia, la emoción y el arte de escribir con levedad. Es un libro excepcional.


Silvana Angelini, gestora cultural

-Mundos habitados es un libro emocionante, donde vemos la historia privada del autor y sus particulares recuerdos desde los 3 a 16 años. Recorre las casas que vivió, la relación con su familia, vecinos, compañeros de curso, su primer amor y más. No solo revisa su propia memoria, sino la de nuestro país en los años sesenta y setenta. Una joya literaria que se escapa de su tradicional faceta de cronista.

Diario de hospital narra la estadía del autor en una sala común de hospital durante un año, intercalando el humor y la angustia. Cuenta detalles muy íntimos y privados, que van desde el malestar físico al metafísico. Nunca se ha visto en nuestro país un relato tan profundo de esa experiencia y cómo el recuerdo de 1994 se hace presente y vigente hoy”.


Aldo Perán, editor

-No hay mejor manera de deambular por las calles de la ciudad que bajo la compañía de Merino y su privilegiada memoria. El primer libro suyo que leí fue un ejemplar de Horas perdidas en las calles de Santiago que encontré en una librería de San Diego. Me impresionó en aquel entonces la conjunción de temas históricos, culturales y literarios a propósito de ciertos espacios y calles, sin estridencias ni nostalgias o tonos de indignación. Después ese libro se convirtió en Todo Santiago bajo Hueders y lo vendí por años en Metales Pesados. Celebro que el Fondo de Cultura Económica lo haya vuelto a poner en circulación. Es un material indispensable y para todas las edades, pero sobre todo se trata de un libro que le ha dado una identidad a Santiago, disputando en sus crónicas la memoria y el pasado a urbanistas de plazas duras e inmobiliarias que cultivan la fealdad y lo inhumano.


Catalina Infante, escritora

-Recomendaría dos libros que muestran dos dimensiones de la escritura de Roberto Merino. El primero es Padres e hijos, un libro de columnas sobre la paternidad, pero también sobre la niñez y sobre lo que ocurre cuando un hombre se convierte en padre y empieza a mirar de otra manera su propia infancia. Me gusta porque se acerca a ese vínculo desde lo cotidiano, sin lugares comunes ni idealización. Habla de los hijos creciendo, de los padres envejeciendo, de los recuerdos de niñez y de cómo ha cambiado la percepción de la infancia con los años. Como siempre en Merino hay humor, ternura y también melancolía, pero, (insisto en esto) nunca cae en los lugares comunes sobre la paternidad. Es un libro muy íntimo y, al mismo tiempo, muy universal. En esta etapa de crianza me ha servido mucho para darme cuenta de todo lo que le exigimos absurdamente a los niños.

“También recomendaría Todo Santiago, porque ahí aparece otro de los grandes talentos de Merino: su manera de mirar la ciudad. Santiago es un escenario vivo, con calles, barrios, personajes, recuerdos... Merino tiene esa capacidad de detenerse en detalles que uno normalmente pasa por alto y, desde ahí, hablar también del tiempo, de la memoria y de cómo cambia la ciudad a medida en que cambia la vida de quienes la habitamos. Además tiene un trabajo de archivo y memoria, porque cita a otros cronistas que nos dan pistas sobre cómo era el Santiago del pasado, uno aprende mucho. Es un libro especialmente bonito para quienes vivimos aquí, porque hace que uno vuelva a mirar los lugares como si los viera por primera vez. Para mí entre esos dos aparece lo que más me gusta de Merino como cronista: su capacidad de observar lo aparentemente pequeño y encontrar ahí algo mucho más grande”.


Cristóbal Bley, periodista

-Recomiendo Santiago de memoria (1997), que se puede conseguir digital en la web de Memoria Chilena. A diferencia de sus columnas, más etéreas y contemplativas, estos textos noventeros, escritos cuando el progreso neoliberal amenazaba el alma aún pueblerina de la ciudad, calibran muy bien la anécdota histórica con la observación callejera y la descripción urbana, formando así un atlas del olvido capitalino, una enciclopedia espiritual de los principales barrios y avenidas de la capital. Un registro esencial para asomarse a un Santiago que materialmente casi no existe pero cuya esencia autoflagelante, siempre identificada por Merino, sigue vigente.


Simón Soto, escritor

-Me parece a mí que Merino es el candidato que debería ganar el Premio Nacional en esta pasada. Me gusta mucho Combustión espontánea, este libro que reúne textos sobre literatura de Merino. Gran parte, columnas que el viejo publicó en Artes y Letras y Revista de Libros. Hay una lucidez, partiendo del mismo estilo de Merino, explora otra forma, muy distinta a la más habitual, o a la más popular, o a la más difundida, que es la crónica. Acá uno advierte otra sensibilidad, otra tesitura, digamos. Muy bueno ese libro. Ese yo recomendaría.

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