Por Guillermo Turner
Patio trasero

La fotografía que acompaña la noticia dice mucho: ahí figuran, posando y sonriendo a la cámara, el ministro de Defensa y el jefe del Estado Mayor del Ejército argentino, junto al embajador y subsecretario adjunto para cooperación en defensa de Estados Unidos. Acaban de firmar, en términos muy convenientes, el traspaso de 235 vehículos blindados todoterreno Stryker 8x8, claves en la renovación de medios terrestres que desarrollan las FF.AA. transandinas.
Son los mismos vehículos que quisiera Chile, pero en precio y cantidad difíciles de igualar, y se suman a otros ocho Stryker recibidos por el Ejército argentino a comienzos de año, a la puesta en marcha del Plan Dédalo para la modernización de su aviación naval y a la compra de 24 aviones cazas F-16, entre otras acciones. Más al norte, Perú avanza en la incorporación de 150 poderosos tanques surcoreanos K2 Black Panther y prosigue con su acuerdo de compra de 24 cazas F-16 Block 70.
Están pasando cosas en el patio trasero, mientras Chile se enfrasca en polémicas innecesarias y propuestas de reformas que distraen el rol fundamental de las FF.AA.
Vamos por parte. Hablar a la galería con frases obvias, como “no somos el patio trasero”, apenas sirve para alimentar el ego y ganar un par de puntos en las encuestas de popularidad. Es evidente que no somos patio trasero de nadie, pero en ningún momento esta conversación se ha referido, ni debió referirse, a si somos más o menos obsecuentes con determinada potencia.
Que Estados Unidos preste atención a la seguridad en el continente, aunque sea para su propia protección, es tan relevante como el esfuerzo colaborativo que debe existir entre todos los países que experimentamos el problema de las organizaciones criminales transnacionales. Por supuesto que debe ser con pleno respeto al derecho internacional y a las decisiones soberanas de cada Estado y eso obliga a tomar cada paso con cautela, porque tenemos a Trump como contraparte.
Pero de ahí a embarcarse en innecesarias polémicas hay un trecho relevante, en especial cuando esa sensación de menor simpatía podría terminar alentando a la mayor potencia militar del mundo a reforzar alianzas con terceras naciones. Nuestro país ha dado muestras muchísimo más relevantes de su estándar en materia internacional, como el rechazo en 2003 a la invasión de Irak. La decisión se tomó durante el gobierno de Ricardo Lagos, una de las administraciones que, al mismo tiempo, más avanzó en modernización y equipamiento de las FF.AA. Es decir, es posible mascar chicle y caminar.
Pasaron los años en que Chile marcaba la diferencia en Latinoamérica por su capacidad militar disuasiva. Ahora estamos empatando y, en algunos ámbitos, perdiendo puestos. No es para alarmar a nadie, pero esta semana ha quedado en evidencia la tendencia transandina de enviarnos cada cierto tiempo sutiles mensajes sobre territorio y soberanía.
Mientras tanto, el gobierno quiere recurrir a las FF.AA. para combatir la delincuencia. Lo propone, como nos enteramos por la prensa, sin consultar a su propio Ministerio de Defensa, que vendría siendo el vehículo más propicio para conocer las aprensiones uniformadas. Y los reparos también son obvios: no es el foco de su función, no cuentan con los recursos necesarios, enfrentan problemas de dotación, se corren riesgos relevantes y, como si fuera poco, se les obligaría a subordinarse a la institución que estaba, precisamente, llamada a evitar el flagelo de la delincuencia.
“Les complica la subordinación”, confirma en entrevista el general (R) de Carabineros Ricardo Yáñez, añadiendo ejemplos no tan precisos que demostrarían la efectividad de esta modificación (menciona, entre otros, el caso de países europeos, pese a que ahí el problema se llama terrorismo y no delincuencia). Agrega que el estado de excepción en la Macrozona Sur no ha sido efectivo, aunque los indicadores y la percepción ciudadana muestren lo contrario, y apunta a que “los militares no están preparados”.
Esa frase se repite con cierta frivolidad y corresponde desmentirla: las FF.AA. chilenas están muy preparadas, pero no es el rol que les corresponde.
Además, llegamos a este debate que desperfila la función de las FF.AA. precisamente porque las policías se vieron sobrepasadas en su rol de combatir la delincuencia, el narcotráfico y las bandas criminales. Ahí debería estar el foco. No estamos hablando de refundar Carabineros ni leseras por el estilo. Pero hay oportunidades de mejora que no pasan por sacar militares a la calle ni alterar la lógica de subordinación. Por lo pronto, muchos municipios muestran logros relevantes en control del delito, pese a lo cual la ley que fortalece esta función aún no entra en plena vigencia.
Por supuesto que las FF.AA. pueden colaborar en funciones internas, como lo han demostrado en innumerables ocasiones, pero el estado de excepción en la Macrozona Sur nos deja una lección: es fácil solicitar su colaboración en el control del delito, pero resulta muy difícil retirarlas sin enfrentar la oposición de las comunidades locales que, pese a quien le pese, se sienten más seguras.
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