Opinión

Jugar con las expectativas

18 AGOSTO 2026 MINISTRO DE HACIENDA, JORGE QUIROZ. FOTO: DEDVI MISSENE Dedvi Missene

La economía no repunta y eso las personas lo saben. El 86% considera que el país está estancado o en retroceso, el 57% califica su realidad como mala, el 91% tiene una percepción negativa respecto de la oferta de empleo (Cadem), para el 63% su mayor preocupación es la situación económica del hogar y más del 80% ha tomado medidas de ahorro en energía, compras y entretención (Feedback).

La percepción de las personas encuentra su respaldo en las cifras, como ese porfiado desempleo que ronda el 10% (y lo supera en algunas regiones) y el reciente retroceso de 1,5% que marcó el Imacec de julio, en lo que vendría siendo su peor desempeño en tres años.

La recuperación tarda en llegar, aunque el ministro de Hacienda espera su arribo cual joven aguarda al novio con su lámpara encendida y cargada de aceite. “Nuestras perspectivas de crecimiento futuro no han cambiado”, sostiene.

Todos esperamos que tenga razón y que la reforma tributaria, la aprobación exprés de inversiones y los impulsos al mercado inmobiliario tengan ese efecto dinamizador que eleve el crecimiento por encima del escueto 1% que sólo los más optimistas se atreven a pronosticar para 2026.

Pero también abundan los análisis de expertos en torno a los efectos del prolongado conflicto entre Irán y EE.UU., las trabas al comercio internacional, el alza de tasas en algunos países para enfrentar las presiones del petróleo en los precios, los ajustes en el mercado de bonos internacionales y varios otros factores que podrían frenar las posibilidades de recuperación en 2027.

Este cóctel de estrechez económica en el hogar, cifras negativas y desconcierto internacional provocan una caída en el ánimo de los consumidores, cuya pendiente se acentúa de acuerdo con la altura que tenían sus expectativas.

Y aquí viene el problema: las expectativas de crecimiento con el actual gobierno eran altas desde la campaña y, posteriormente, han sido alimentadas por repetidos mensajes saturados de optimismo. Basta recordar esa comunicación en redes sociales que La Moneda publicó tras el positivo 2,4% de variación del Imacec de junio: “Chile prende motores”, decía. Para no quedarse cortos en elogios, añadía que “el gobierno del Presidente José Antonio Kast evidencia un gran síntoma de reactivación económica”.

Después los números fallaron en julio, pero ahí la explicación es que no hay que dejarse llevar por una variación mensual y que lo importante es mirar hacia adelante y comprender que las perspectivas futuras son las que importan. También se nos explicó que el problema tuvo relación con los daños asociados a los temporales y la consecuente merma en la producción minera, aunque los mensajes sobre los motores encendidos se emitieron cuando el clima ya había hecho lo suyo.

No es buena idea jugar con las expectativas, como tampoco lo era comprometer enormes reducciones de gasto fiscal, por necesario que sean, frente a situaciones críticas como el déficit de vivienda y la propia relevancia del gasto fiscal en la actividad económica.

Por eso vemos ahora a ministros anticipando por la prensa sus pretensiones de incremento presupuestario, algo poco común que encuentra su origen en la imagen de excesiva austeridad y escaso diálogo que ostenta el ministro Quiroz. La jugada de sus colegas alimenta esa percepción, porque -de no mediar el alza requerida- será el jefe de la billetera fiscal quien quede como principal responsable de negar los recursos necesarios en áreas tan relevantes como son salud y vivienda. Y una vez más, el gabinete queda al debe en cuanto a cohesión interna, complicidad, sana camaradería e imagen de compañerismo.

Lo importante son las expectativas, y estas se mueven, crecen o decaen al ritmo de estos anuncios inflados, descoordinaciones internas y bolsillos que no responden al alza en los gastos. Otro dato de Cadem: el 52% de los encuestados llega a fin de mes “al justo”, mientras que otro 36% definitivamente no llega a ninguna parte.

Siguen pesando el famoso “bencinazo” y su impacto en los precios. “¿Se vienen las Fiestas Patrias con los asados más caros en cinco años?”, se preguntaba hace unos días un reportaje sobre el costo de los alimentos publicado en Biobío. El asunto no es menor, porque siempre ronda la sensación de que el gobierno nunca ha sopesado con la debida relevancia el daño profundo y quizás irreparable que provocó el “bencinazo” de marzo en la opinión pública y en el bolsillo de los chilenos. Lo advertía hace algunos días el exsubsecretario de Hacienda Alejandro Micco: “Se sobreexpuso a la economía con el shock del petróleo” y eso nos lleva a tener la segunda caída de las expectativas de consumidores más grande del mundo.

Micco llamaba a “sentarse y pensar por qué las expectativas no reaccionan”. A ello podríamos agregar la necesidad de evitar inflar indicadores, cuidar las formas, empatizar con la inseguridad que experimentan las personas y ayudar a cuadrar el complejo dilema presupuestario de Estado escaso de recursos con demanda de reactivación económica.

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