Opinión

El desafío del sentido en la Era de la IA

Los llamados de alerta ya no provienen de los humanistas sino del mismísimo corazón del desarrollo tecnológico. El Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) acaba de publicar un informe sobre el uso de IA en la enseñanza. El diagnóstico es compartido: la inteligencia artificial generativa no solo está reescribiendo la docencia, sino que amenaza con erosionar la esencia de la formación intelectual, social y humana de nuestros jóvenes. La promesa de eficiencia es una trampa. Al externalizar el trabajo cognitivo en un algoritmo —ya sea para resolver una guía de ejercicios o redactar un ensayo—, los estudiantes caen en la “rendición cognitiva”: se obtiene la respuesta correcta, pero se destruye la fricción productiva y el esfuerzo mental que hacen posible el verdadero aprendizaje. Así, nos enfrentamos ante jóvenes con calificaciones perfectas gracias a la IA, mientras pierden progresivamente el dominio de las materias y la capacidad de pensar.

¿Qué rol juegan las universidades en este nuevo escenario? Si consideramos el conocimiento desde una perspectiva utilitarista, no se ve con claridad el propósito de la universidad. Sin embargo, si entendemos el desarrollo del conocimiento como parte constitutiva de la esencia humana, entonces las universidades están llamadas a jugar un rol fundamental, particularmente en la Era de la IA. La respuesta que entrega el informe no ha sido la prohibición ingenua del uso de IA —imposible en la práctica— ni la vigilancia policíaca mediante detectores de IA -completamente inútiles-, sino una reestructuración del contrato pedagógico, que implica una revisión completa del proceso de enseñanza-aprendizaje.

El desafío es incorporar la tecnología para el aumento de la capacidad humana, jamás para su automatización. Para lograrlo, MIT propone ocho principios orientadores: humildad para reconocer que la IA avanza a una velocidad abrumadora y que por lo mismo las respuestas no están dadas, sino en continua construcción a partir del ensayo y error; audacia, toda vez que las acciones se implementan en un escenario de alta incertidumbre; poner la humanidad en el centro, priorizando el desarrollo humano integral, pues la tarea es nada menos que modelar el ser humano que queremos ser; inclinarse por el aprendizaje, es decir, utilizar la IA y la tecnología para desarrollar aún más las capacidades humanas y eso exige enseñar a los estudiantes el sentido más profundo de la educación y de lo que significa ser humano; enseñar con intencionalidad, reconfigurando todos los procesos de enseñanza para que cumplan su propósito; no existe la bala de plata, las políticas de uso de IA deben adaptarse a las necesidades específicas de cada disciplina, nivel educativo y tarea; utilizar la IA para expandir la curiosidad, creatividad y capacidad analítica de los estudiantes, no para automatizar el acto de pensar; y finalmente pensar la formación más allá de la sala de clases, entenderla como una práctica social y cultural integral que forma personas, ciudadanos, libres, responsables, con consciencia moral, capaces de colaborar y aportar al desarrollo del país.

En estos momentos donde la universidad debe repensar su propósito y la forma de alcanzarlo, recomiendo la lectura de La pregunta por la técnica de Martin Heidegger. Heidegger nos invita a dejar la ingenua comprensión de la técnica como un medio o instrumento para ver su verdadera esencia, a saber, una forma determinada de manifestación de la realidad, cuyo horizonte de sentido está dado por la utilidad. La verdadera amenaza de la técnica no son las máquinas, ni siquiera la destrucción física, sino su capacidad de bloquear otros modos de manifestación, otros modos de habitar el mundo, haciendo que el ser humano olvide su propia esencia. Vivimos ciegos bajo el dominio utilitario de la técnica, el propio quehacer universitario ha quedado atrapado; la IA nos ofrece la oportunidad de despertar y recuperar el sentido de la vida humana.

Por Sylvia Eyzaguirre, Directora General de Humanidades de la USS.

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