Por Pablo Retamal N.
Guillermo Martínez, escritor: “Años atrás había otra clase de juventud dispuesta a dar la vida por cambiar la sociedad”
A días de su presentación en Chile, el autor de Crímenes imperceptibles desglosa su novela Un crimen dialéctico. En esta entrevista, reflexiona sobre la militancia revolucionaria, la neurociencia y los dilemas éticos que cruzan a las transiciones democráticas de la región.

Un joven doctor en ciencias, con un pasado de militancia revolucionaria, es convocado por sus antiguos camaradas para cumplir una arriesgada aventura. Una “misión de sangre”, le dicen. Tan importante es lo que le piden que incluso puede cambiar el destino de las elecciones presidenciales en la transición post dictadura militar. Esa es la premisa tras Un crímen dialéctico, el nuevo libro del escritor trasandino Guillermo Martínez (Seix Barral).
Martínez (64), escritor y matemático oriundo de Bahía Blanca, es uno de los nombres populares de la literatura de su país, amén de una serie de novelas de thriller. Ha obtenido diferentes galardones, entre los que destaca el Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez en 2014 y su novela Crímenes imperceptibles fue adaptada por el director español Álex de la Iglesia en la película Los crímenes de Oxford. Un crímen dialéctico es su novena novela, y pronto estará en nuestro país para presentarla. Antes de eso, charló con Culto.
- ¿Cómo nació la idea de Un crimen dialéctico?
- En parte de la lectura de Cosmos, de Witold Gombrowicz, y de su procedimiento de crear por “exasperación”, por insistencia, por manipulación, algo que no estaba en lo real pero se hace aparecer de todos modos. Aunque el impulso definitivo me lo dio hace unos años una puesta en escena de Las manos sucias, de Sartre, una obra que yo había leído en la adolescencia pero nunca había visto representada. La obra me hizo recordar mi propia militancia política en una edad bastante temprana, mis lecturas de marxismo y dialéctica de esos tiempos y la clase de decisiones maximalistas a que lleva la acción revolucionaria.

- La novela está dedicada a tu padre, Julio Martínez. ¿Qué peso tuvo su figura (y su militancia comunista) en la gestación de esta historia?
- En mi vida tuvo un peso muy grande, tanto en lo ético y político como en el legado de la literatura y la escritura. En esta historia aparece de soslayo, pero gravita en una escena crucial en que el protagonista, en medio de un trance en un ritual con alucinógenos, logra hacerle una pregunta al padre muerto. La manera de hablar de esa aparición tiene mucho que ver con la clase de respuestas irónicas y melancólicas que podría dar mi propio padre. Era un comunista pesimista, lector de Bachelard y Cioran, el único que encontré después de esa misma especie fue José Saramago.
- El protagonista recibe la misión de matar a una persona, pero al mismo tiempo está estudiando científicamente si realmente somos libres para tomar decisiones. ¿Qué te interesaba explorar con ese contraste?
- La posibilidad de que esas cadenas causales, en general ignoradas, que nos llevan a una u otra decisión, puedan ser también creadas ad hoc, como parte de un plan. En el estudio de ese experimento pionero (y real) de neurociencia de los años 80 el protagonista entrevé un plan posible para su misión: el plano del análisis intelectual y el de la acción se solapan a medida que avanza la novela.
- ¿Tú crees que somos realmente libres para decidir o que nuestras decisiones están determinadas por una serie de factores que muchas veces desconocemos?
- Creo, tal como dice el protagonista en la novela, que vivimos en un tablero movedizo, atestado de piezas que aparecen y desaparecen por sorpresa, con algunas elecciones posibles y muchas otras de distintas maneras forzadas o inducidas, sin que apenas nos demos cuenta. Un tablero de ajedrez que se juega también con un dado, como el antiguo chaturanga indio.
- Has mencionado la influencia de Las manos sucias de Sartre. ¿En qué sentido te sirvió como matriz y en qué puntos te alejaste de ella?
- Hay una situación inicial similar: el protagonista tiene que convivir con su víctima y con la familia de su víctima. En este sentido también releí Teorema, de Passolini. Pero tanto lo que sigue en la trama como las deliberaciones mentales del protagonista y el propio cumplimiento de la misión van por lugares muy diferentes.
- Elegiste deliberadamente un país latinoamericano que no se identifica completamente con la Argentina, aunque existen elementos que permiten reconocerla. ¿Qué ganabas literariamente con esa distancia y esa ambigüedad?
- Era fundamental para la novela que ya existiera el email, que aparece recién en los 90, y por otro lado no quería que la novela estuviera del todo “situada”, porque la clase de dilemas morales que plantea la novela eran comunes a toda la militancia revolucionaria de una época y de muchos países latinoamericanos. En Las manos sucias Sartre imagina un país ficticio en la frontera con la Unión Soviética porque el dilema de los comunistas de esos países fronterizos era similar. También nuestros países en América Latina tuvieron transiciones de dictaduras a democracias en distintas épocas y circunstancias, por eso me pareció mejor no precisar del todo lugar y fecha, aunque gran parte de las referencias corresponden a un norte andino que podría ubicarse vagamente entre Argentina y Chile.

- La novela aparece publicada en el año del 50° aniversario del golpe de Estado de 1976. ¿Te interesaba que inevitablemente se leyera también como una novela sobre la memoria argentina, aunque hayas evitado situarla explícitamente en Argentina?
- Más que una novela sobre la memoria, quería que se leyera como un recordatorio o una inspiración, quizá para nadie, de que hubo no tantos años atrás otra clase de juventud dispuesta a dar la vida por cambiar la sociedad. Me interesaba que por comparación, algo de la grandeza de la idea de revolución social y del desprendimiento y sacrificios que tuvieron esos militantes resonara en nuestra época, en que cada uno vive encerrado en su pantallita. A la vez, no quería hacer el panegírico del militante, por eso lo muestro en una misión que pone en juego todas sus convicciones.
- ¿Hasta qué punto el pasado revolucionario de los 70 se proyecta sobre el presente en la novela? ¿Ves alguna vigencia de esos dilemas hoy?
- Hay una frase en la novela que escribí deliberadamente como un único “mensaje” (quizá en una botella Molotov!) de ese pasado hacia nuestro presente, pero creo que cada lector la debe encontrar en el contexto de la novela para que resuene (o no) para sí. El proceso cuasi insurreccional de Chile que culminó en la elección de Boric (aún con sus desencantos posteriores) fue para mí la indicación de que todavía se puede, aún en esta época, encontrar sujetos políticos y formas de cambiar el statu quo. También la elección inesperada de Zohran Mamdani en Nueva York muestra que no todos los caminos están cerrados.
- Para que te conozcamos algo más en Chile, entiendo que pasaste por el taller literario de Liliana Heker, una gran referente al hablar de los talleres. ¿Qué significó para ti esa experiencia?, ¿qué es lo que te dejó como escritor?
- Cuando me radiqué en Buenos Aires, a los 22 años, y aunque escribía cuentos desde la adolescencia, nunca había pensado en que podría publicar un libro y mucho menos convertirme en escritor. Mi padre, que era mi gran ejemplo literario, había escrito toda su vida sin pensar (ni intentar demasiado) el camino de la publicación. Sin embargo, en el taller de Liliana Heker todos los participantes sí pensaban en publicar su libro, se veían a sí mismos como escritores en ciernes, y eso me llevó a considerar seriamente por primera vez que yo también podía proponérmelo. Liliana alentaba esa clase de seriedad y compromiso para con la propia obra, una frase típica de ella cuando alguien era demasiado modesto: “En este taller no se escriben ‘cuentitos’, se escriben cuentos”. Y le daba una dignidad especial a la palabra “cuentos”. Tuve en ese breve período de dos años muchísimas enseñanzas, tanto de sus críticas a otros como a mis propios textos, algo de todo eso aparece, en su dialéctica de oposiciones, en mi propio libro sobre escritura: Once tesis (y antítesis) sobre la escritura de ficción.
- Entiendo que pronto vendrás a Chile a presentar este libro, ¿has podido venir antes?, ¿qué expectativas tienes?
Sí, estaré en Santiago para presentar Un crimen dialéctico. Estuve un par de veces antes, una vez en la Feria del Libro y otra cuando se estrenó en Chile la película Los crímenes de Oxford, basada en mi novela Crímenes imperceptibles. Tengo la expectativa muy modesta de encontrar algún (un) buen lector o lectora de alguno (uno) de mis libros.
- ¿Cómo ves a la actual literatura latinoamericana?
- Me resulta imposible seguir toda la literatura actual, incluso si me limitara a Argentina. Todo el tiempo aparecen nuevos nombres y revelaciones. La propia mecánica de las redes y las novedades tiene algo de máquina sinfín que se devora a sí misma, pero quizá lo más obvio es la emergencia de muchas escritoras relativamente jóvenes que predominan en la escena literaria contemporánea (en premios, en festivales, en temáticas) y la deserción alarmante de los lectores varones. Esto se nota muchísimo en los clubes de lectura, al menos los argentinos.
Guillermo Martínez presentará Un crimen dialéctico este 3 de septiembre, en la librería del GAM, con Pablo Toro y Álvaro Bisama, a contar de las 19.00 horas. Entrada liberada.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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