Por Pablo Retamal N.
Carolina Melys, autora chilena: “Me interesaba narrar en primer lugar el dolor particular de las madres”
La escritora publica Tú aprenderás a oírla (Montacerdos), un artefacto literario que reconstruye la trágica desaparición de dos niños en el Coquimbo de 1973 a través de la memoria, el coro de la comunidad y la poesía.

Una historia que le contaron unos familiares, en Coquimbo, fue la chispa que la escritora Carolina Melys (Santiago, 1980) usó para comenzar a escribir una historia, la de dos niños, Jimmy y Rodrigo, que desaparecieron en la tarde del 24 de diciembre de 1973, previo a la Navidad. Los chicos jugaban en la plaza de la población Raúl Marín Balmaceda, de la ciudad. Las familias, con angustia, comenzaron la búsqueda sin resultados. Hasta que años después, en septiembre de 1977, sus cuerpos aparecieron cerca de la misma plaza, solo a metros de sus madres quienes nunca cejaron en la búsqueda.
“Mi familia es de Coquimbo, y La Herradura fue la playa de mi infancia. Quise tomar esta historia que ocurrió en la villa donde vivían mis padrinos. Ellos me la contaron desde su experiencia como vecinos de estas familias y luego me puse a leer e investigar sobre este caso. Aparte de lo inexplicable y doloroso del hecho, su tránsito a través de los años, lo inconcluso, la falta de respuesta definitivas y responsables me hizo querer volver a esa historia pero desde el punto de vista del dolor, especialmente del dolor de las madres”.
Así, Melys le dio vida a un artefacto literario, un híbrido entre novela, testimonio y poesía llamado Tu aprenderás a oírla, publicado por la casa independiente Montacerdos. Se trata del segundo libro de Melys, luego de su aplaudido debut con el volumen de cuentos Incorruptos (2017), de la misma editorial. Si la pensamos como novela, es una novela de voces, pues entre todas van armando un tejido que el lector va desenrrollando.

-¿En qué momento esta historia dejó de ser solamente un hecho que querías contar y comenzó a convertirse en una novela?
-Desde el principio lo pensé como un artefacto literario, no sé si podríamos llamarlo novela propiamente tal, pero a mí me gusta la literatura, en ella me he encontrado con una bella confluencia de aspectos que me parecen propiamente humanos: requiere del pensamiento en su construcción, logra dar cuenta de una tradición cultural convocando a lecturas pasadas y es capaz de contener las emociones que la mueven.
-¿Qué fue lo que más te sorprendió durante el proceso de escritura? ¿Qué fue lo más difícil?
-Uno de los desafíos que me planteó trabajar en este texto fue cómo contar esta historia con el respeto que merece un hecho real y profundamente doloroso que vivió una familia sin sentir que su dolor estaba siendo pasado a llevar o utilizado de forma banal. Y sin querer tampoco, de apropiarme de su historia. Por eso, el tema de la voz me parecía central. Están sus voces porque quería convocarlas a un diálogo.
-¿Trabajaste con archivos, testimonios, investigaciones históricas o preferiste dejar que la ficción dialogara libremente con la realidad?
-Me tomé un tiempo para recopilar lo que había en prensa y archivos para hacerme una idea lo más cabal posible de la historia. En esas lecturas me encontré con testimonios diversos, algunos incluso divergentes, sobre el caso. Ha pasado el tiempo y cada quien recuerda su propia versión, y si juntamos todas las piezas recopiladas de esta historia, en vez de tener una gran relato, tenemos un puzzle en donde las piezas no calzan del todo, a veces se topan y a veces enganchan, pero el panorama final es más bien confuso. Esos materiales fueron la fuente de la escritura, no fue necesario inventar, no quise ficcionar, solo quise traducirlo a otro lenguaje, al lenguaje literario.

-La novela está construida de manera fragmentaria y recoge distintas voces: madres, comunidad, rumores y versiones oficiales. ¿Por qué necesitabas contar esta historia desde esa multiplicidad?
-Al pensar a quién darle voz -que para mí es el desafío central en la literatura- me surgieron varios conflictos. En general no me gusta escribir desde el yo, la narración en primera persona me resulta conflictiva siempre, desconfío un poco de ella. Pero a la vez me parecía que la narradora omnisciente, que está fuera de la historia y lo sabe todo, no se condecía con lo que la historia pretendía abordar. De ahí la idea de incluir otras voces que fueran acompañando y a veces desautorizando esta voz central. Por eso se van colando las voces de los testigos y también de las madres. Finalmente, pensando en cómo contar esta tragedia, volví a las tragedias griegas en donde el coro cobra un papel relevante. Voces que se unen para ser portadores de la emoción lírica y la reflexión. La tragedia Las suplicantes de Eurípides fue central para convencerme de este recurso, en donde el coro son las madres que suplican al rey de Atenas que regrese los cuerpos de sus hijos muertos en la guerra de Tebas. Entonces estos coros son versos de poetas que fui recordando y recolectando y que me parecían que hablaban del dolor y dialogaban con la historia. Convocar a todas las voces posibles me parecía que era la única forma de poder abordar y sostener una historia de tanto dolor. Me parece que es en dolor, en esa fragilidad, en donde podemos encontrarnos los seres humanos y seguir sintiendo que pertenecemos a algo común, a una comunidad. Entonces debía contarse con la mayor cantidad de voces posibles.
-¿Por qué decidiste construir la historia de esta forma y no de un modo documental o testimonial con la noticia?
-Yo trabajo con la literatura. La crónica u otras formas de no ficción requieren metodologías que yo no manejo y con las cuales tampoco me siento cómoda, por ejemplo, la entrevista.
-¿Cómo encontraste el tono adecuado para contar una historia tan dolorosa? Es muy contenido, tierno y delicado, pero no elude contar los hechos.
-Me parece que la historia representa el horror y como tal, resulta inexplicable e incomprensible. Quería contar esta historia porque aún existe una deuda con estas familias y con esos niños. Pero no quería que el texto metiera el dedo en la llaga, aunque el dolor siga siempre ahí. Por eso el lenguaje quise que fuera sutil. De una sutileza que no profundizara el daño, sino que acompañara ese dolor. A través del lenguaje y a través de otras voces convocadas.
-Hay mucha poesía en este libro. ¿Qué te motivó a incluirla?
-Pienso que la poesía es la construcción más sublime que se puede realizar con palabras. La poesía -en su intento por acercarse a la realidad- logra imágenes que de otra manera no podrían ser expresadas. Manuel Rojas afirmaba que la metáfora no es otra cosa que precisión. Este ejercicio con el lenguaje -más o menos logrado- me pareció que era el indicado para darle voz a esta historia.

-La desaparición de los dos niños funciona como el acontecimiento que reorganiza a toda una comunidad. ¿Te interesaba más narrar la desaparición misma o aquello que ocurre alrededor de ella?
-Me interesaba narrar en primer lugar el dolor particular de las madres. Pero también cómo ese dolor va permeando a todos quienes están cerca. Los actos humanos no son individuales, aunque en esta sociedad nos hemos convencido de que tenemos que hacernos cargo de nuestros dolores solos, partiendo con la idea de “autoayuda”. No podemos ayudarnos solos, es una ilusión pensar que no formamos parte de algo mayor. La desaparición de los niños es como una piedra lanzada en una poza, es un pequeño estruendo pero que genera ondas que se van expandiendo y termina removiendo todo.
-En la novela aparecen el miedo, el silencio y las versiones oficiales. ¿Te interesaba explorar el silencio como una forma de violencia?
-Más que como una forma de violencia propiamente tal, el silencio me interesaba en tanto consecuencia del miedo. Por un lado, miedo a preguntar en un contexto amenazante. Y por otro, miedo a preguntar por no querer escuchar la respuesta. Ese miedo a las palabras por no querer nombrar, ponerle nombre a un hecho: desaparición de un niño, muerte de un niño. Son miedos tan profundos que las palabras asoman como el primer indicio de que puede ser real, toma cuerpo, se encarna. Y el silencio pareciera ser también refugio, escondite.
-¿Hay algún autor o autora (chileno/a o extranjero/a) que te acompañó especialmente mientras escribías Tú aprenderás a oírla?
-Podría nombrar a las poetas que componen los coros. Poetas que estaba leyendo durante ese periodo, o versos de que surgían en mi memoria mientras estaba escribiendo. Poetas chilenas como Gabriela Mistral, Eliana Albala, Ximena Rivera, Bárbara Délano; latinoamericanas como Eunice Odio (de quien tomé prestado su verso para el título del libro), Amanda Berenguer, Blanca Varela y de otras latitudes como Louise Gluck, Charles Simic Y Rilke. La literatura, para mí, se construye en ese diálogo.

-Si el lector termina la novela y ha aprendido a “oírla”, ¿qué te gustaría que fuera aquello que finalmente escuche?
-Me gustaría que logre conectar con esta historia profundamente humana: de madres e hijos. La historia de dos niños, de su inocencia y fragilidad. De los juegos infantiles, de la infancia y cómo a partir de un pequeño hilo se va desenredando una historia inimaginable. Oír esas voces que acompañan esta historia y que puedan unirse a este coro si se sienten convocados.
-¿Crees que todavía hay heridas abiertas de 1973 que la literatura puede (o debe) seguir tocando?
-Leí hace poco que lo contrario del olvido no es la memoria, sino la justicia, y en este caso en particular hay cabos sueltos. Los niños Jimmy y Rodrigo no aparecen en el Informe Rettig, pues en 1990 aún las causas de su muerte estaban empañadas por mentiras, secretos e investigaciones que no llevaban a ninguna certeza. Eso ha cambiado hoy pero no hay informe oficial en donde el Estado de Chile reconozca y repare este hecho. La literatura como registro y reflejo de nuestra época es un faro que mantiene encendida esta historia.
- En otro plano, ¿cómo ves actualmente a la literatura chilena?
-La literatura chilena siempre ha tenido grandes exponentes en variedad de géneros, algunos nombres más visibles que otros, pero siempre hay personas cultivando este oficio con propuesta interesantes. Hoy en día hay un montón de apuestas distintas que surgen en contextos y lugares diversos y que se publican en formatos y editoriales micro, medianas, autogestionadas y de los grandes conglomerados. El problema para mí no está en la literatura chilena, sino en el contexto cultural en el que le toca desenvolverse. Hoy más que nunca se necesita un vínculo entre esos libros y las/los lectores. Con los bajos índices de comprensión lectora en el país, y el precario vínculo entre la literatura y las personas, es fundamental el rol de mediadores, el espacio que dan los talleres de lectura y escritura, las instancias de encuentro de esos libros con los lectores a través de las bibliotecas u otras iniciativas que hoy se ven amenazadas. Bajar el presupuesto en cultura —que ya era acotado e insuficiente— repercute directamente en todas las instancias nombradas. Es grave y las consecuencias las veremos a corto y largo plazo. La literatura en tanto narración de historias es de las formas más antiguas y propias del ser humanos para comunicarse, para explicarse a sí mismo y el mundo, para representarnos como comunidad y pensarnos en tanto pasado, presente y futuro. Por eso, tener financiamiento como política de Estado es fundamental y lo que está pasando hoy generará un daño que no son capaces de dimensionar.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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