Por Pablo Ortúzar
Oda al pisco

Es bueno ir más allá de los titulares. Por ejemplo, se dice que la filosofía es una carrera del futuro, ya que es requerida por las compañías de inteligencia artificial. Sin embargo, más allá de los consultores externos, ninguna de estas empresas tiene más de 15 filósofos en planta. La mayoría de ellos prominentes académicos, levantados de las mejores universidades de Estados Unidos. Hasta ahora, eso es todo.
Algo parecido pasa con la industria del alcohol. Hoy es sabiduría convencional decir que está en problemas. Que la gente ya no toma como antes. Todo lo cual es cierto. Pero si uno mira de cerca el mercado, lo que hay es un río muy revuelto. En una sociedad obsesionada con la salud y, en el caso de los jóvenes, con la apariencia, y apretada por el aumento constante del costo de la vida, tanto los tragos baratos y masivos como los muy caros han sufrido. Se toma menos y mejor, pero se exige valor por el dinero. Durante la pandemia, dado el encierro, explotó el mercado de los tragos “ultrapremium” para consumir en casa, lo que derivó en millonarias inversiones en ese segmento. Hoy hay sobreabundancia de botellas sobre los 50 mil pesos (buena época para armar una cava de lujo con gran descuento, para el que pueda). Lo que está de vuelta es la búsqueda de experiencias entretenidas e interesantes a buen precio.
Siendo esto así, lo lógico sería que la industria impulsara el turismo de especialidad (enoturismo) y se concentrara en productos innovadores de alta calidad y precio medio. Y eso es, más o menos, lo que viene pasando: las viñas que reciben visitantes se han duplicado desde 2016, y la inversión en restoranes, hoteles y centros para las visitas in situ ha aumentado notablemente. Mientras tanto, el boom pandémico de los destilados ha ido madurando, y el mercado va seleccionando y premiando a los gines que ofrezcan la mejor relación precio-calidad. Al mismo tiempo, espacios como Factoría Franklin, cuyo corazón es Destilados Quintal, ofrecen propuestas para experiencias urbanas vinculadas a estos tragos. Y todos, por cierto, van desarrollando versiones de menor graduación alcohólica, o derechamente con cero alcohol, de sus productos (de eso se trata la modificación a la ley de alcoholes, que permite ahora la producción de vinos con menos grados).
El pisco va un poco más atrás. A nuestros cinco valles pisqueros (Copiapó, Huasco, Elqui, Limarí y Choapa) les ha costado, a algunos más que a otros, ponerse en valor como destinos turísticos vinculados a su producto estrella. Hay varios esfuerzos gremiales en esa dirección, incluyendo la promoción del paisaje pisquero como patrimonio mundial Unesco, la creación y modernización de rutas turísticas, varias apuestas de destilerías boutique y algunas alianzas gastronómicas. Eso, y muchos premios internacionales (el último fue pisco destilado del año y medalla de oro en USA Spiritis Ratings 2026, alcanzado por el formidable pisco María’s de Bou Barroeta). Pero falta mayor inversión turística, especialmente de los jugadores mayores. Es una industria de muchos actores medianos y pequeños, lo cual la hace muy interesante y entretenida de explorar, pero muy difícil de coordinar. Hay un rol ahí para el Estado, y hay una oportunidad ahora que hay que reparar los estragos dejados por las lluvias en esos valles. Nos encanta repetir que el pisco es chileno, pero igual le damos el pago de Chile.
Faltan, por cierto, más vitrinas. Para empezar, en los aeropuertos. El pisco chileno, así como los vinos, deberían ofrecerse clasificados físicamente según los valles de proveniencia, para aclararle al consumidor que el universo por explorar es vasto y misterioso, lleno de distinciones. Así lo lleva haciendo por décadas el whisky escocés, con buenos resultados. Y es necesario tener excelentes tiendas de brebajes chilenos no sólo en el aeropuerto internacional de Santiago, sino en cada aeropuerto regional. Falta, además, más literatura y cultura en general relacionada a nuestros productos más queridos. Cuando se trata de la industria del alcohol, casi ningún puesto está amenazado por la inteligencia artificial, pero muchos sí por la desidia y la falta de imaginación. Piénselo con una copita.
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