Por Ascanio Cavallo
Un mundo ilegible

El mundo se ha estado tornando un lugar muy extraño. La percepción de crisis se ha vuelto global, pero nadie sabe muy bien cuál es el tipo de crisis, y qué significa. Se repite una y otra vez que el orden posterior a la Segunda Guerra Mundial, que le dio origen a la ONU, se está desarmando, pero nadie dice con certeza por qué. También se repite que el orden de hace un par de años “no volverá”, y tampoco se sabe por qué. ¿Es acaso una redefinición de la Guerra Fría? ¿Un cambio en la identidad de Estados Unidos? ¿Un desplazamiento de la geopolítica hacia el Pacífico? ¿El regreso de la lucha por las materias primas?
Las potencias más grandes del mundo -ya no países, sino empresas tecnológicas- han entrado en una polémica acerca de la necesidad de limitar la velocidad del desarrollo de la inteligencia artificial, para asegurarse de que la IA no escape del control humano. Sus contradictores dicen que eso no es necesario ni posible. ¿Cuál es la meta de la carrera? Llegar lo más lejos posible en lo que se conoce como “superinteligencia”, una inteligencia superior a la humana, sí, pero quizás superior a todas las armas, la superarma definitiva. Quizás esto ni siquiera exista, pero obviamente es un supernegocio.
Por lo tanto, cambiaron los bandos (Elon Musk está ahora en contra de Trump, por ejemplo), como han cambiado varias veces frente a la guerra de Rusia contra Ucrania. Exasperado por el estancamiento de su ofensiva, Putin reajustó su estrategia de drones y, además, envió a volar a algunos al espacio aéreo de Moldavia, Lituania, Polonia, incluso Alemania, para recordarle a Europa que no debe sostener al gobierno ucraniano. Esta semana consiguió que Trump pidiera que no se ataquen los oleoductos ni las plantas petroleras. El alza inédita de los combustibles en Estados Unidos amenaza el dominio de Trump en el Congreso, que se pondrá a prueba el 3 de noviembre.
También han cambiado los bandos en el Medio Oriente, donde la guerra empieza a extenderse sin control. Todo esto lo desató Hamás con su ataque sobre Israel a fines del 2023 y desde entonces no ha cesado de crecer. Israel aprovechó su ofensiva para ir sobre todos sus enemigos y sobre el financista de todos, Irán, y consiguió el apoyo de Trump, que lanzó una campaña devastadora. Pero se pasó de largo: al convencer a los shiítas iraníes de que los borraría del mapa, los obligó a luchar con todas sus fuerzas, incluso contra los países árabes que simulaban una cierta neutralidad. No le fue mal. Tanto, que ahora está desestabilizando a la segunda mayor potencia de la región, Arabia Saudita, con el solo empuje de otro de sus socios, las guerrillas pobres de Yemen, los hutíes.
El Medio Oriente se agiganta mientras América Latina se empequeñece. Venezuela es la muestra más escandalosa, desde luego. Pero también empieza a serlo Cuba. En ambos casos, el enorme poder de Estados Unidos se enseñorea sobre países hundidos en la miseria, que lo perdieron todo en manos de dinastías milagreras y farsantes. Pero el trumpismo no ofrece una restauración de esas naciones en cierta dignidad, sino una conducción humillante e ilimitada. Se anida en ese proceso otro ciclo de resentimiento, que por supuesto no pagará Trump.
Hace ya 10 años, Peter Sloterdijk notaba que los electores estaban favoreciendo a políticos frívolos, como Berlusconi o Sarkozy, “que necesitan un juguete gigante, del tamaño de una nación, para su realización personal”. Es verdad que esa tendencia desbordó desde Europa hacia muchos países; se convirtió en una de las principales pestes del siglo XX. Pero todavía nadie, ni Sloterdijk, imaginaba que luego vendría un tipo de narcisismo que ya necesita jugar con superpotencias.
Trump es el principal factor de disrupción de la escena planetaria. No el único, sino el principal. Sus ideas sobre el mundo suelen estrellarse con el mundo -adentro, con la Fed, la Corte Suprema, los estados; afuera, con Rusia, Irán, China-, pero nunca está dispuesto a corregirlas. Tiene el privilegio de los que creen que cuanto piensan es justo y oportuno, como los profetas.
¿Y Chile? Más o menos, gracias. Pasando “momentos duros”, como dijo el Presidente Kast. Tratando de comprender este panorama que le ha tocado, diríase que sin éxito. El gobierno fue elegido para un mundo y desde el 2026 vive otro mundo. No es un gobierno que haya ganado porque ofrecía una especial lucidez sobre el globo; de hecho, no ofrecía ninguna. Tampoco tenía una idea sobre los vecinos -salvo la de cavar zanjas en el desierto-, como ha sido manifiesto en las semanas pasadas. Prevalece en su seno la mirada del aficionado. De allí la inclinación a hablar de un “país pequeño”, casi como una manera de esconderse, no vaya a ser que alguien mire para este lado. Y como tal, espera por lo que pase en otras latitudes. Por si acaso.
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