Por Felipe Retamal
El Motín de Cambiaso: sangre, aguardiente, saqueos y una bandera pirata flameando en Punta Arenas
En noviembre de 1851, el teniente Miguel José Cambiaso sublevó a la guarnición local, liberó a los presos, saqueó barcos, fusiló al gobernador y terminó incendiando la recién establecida colonia antes de intentar escapar por el Estrecho de Magallanes. Una historia de sangre en los primeros años de la presencia chilena en la zona.

Un fuerte estallido de pólvora y plomo rompió la cerrada noche austral. Una pieza de artillería había hecho fuego contra la casa del gobernador Benjamín Muñoz Gamero en la colonia de Punta Arenas. “La casa fue hecha pedazos y toda la Colonia se puso en alarma”, apuntó el subteniente José del Carmen Díaz en su diario.
El disparo atronó en la medianoche del 21 de noviembre de 1851. Marcaba el inicio de una sublevación en la lejana posesión. Al mando estaba el teniente de artillería Miguel José Cambiaso (o Cambiazo, en otras fuentes), que había logrado sublevar a la guardia local. “Como 400 presos que dormían fuera del recinto, se incorporaron a Cambiaso, contando ya éste como con 500 hombres, inclusos loe militares”, registra Díaz.
Todo había ocurrido días antes. Cambiaso, era un oficial de entonces 28 años que había sido expulsado y luego reintegrado al ejército, pese a su tendencia a la indisciplina. Tras haber servido en Valdivia fue destinado a la naciente ciudad de Punta Arenas, fundada en 1848 como parte de los esfuerzos de Chile por establecer soberanía en la zona del Estrecho de Magallanes.
En Punta Arenas tuvo problemas con su superior, el capitán Salas. “Cambiazo, en estado de ebriedad insultó a Salas en presencia de testigos y, sable en mano, lo amenazó de muerte, por lo cual fue remitido a prisión y se le instruyó un sumario”, detalla el artículo de Rodrigo Fuenzalida Bade, titulado El Motín de Cambiazo en Punta Arenas.

Cambiaso permanecía detenido, pero tal como los presos en el lugar, podía moverse por la colonia. Prácticamente, eran la mano de obra local en aquella lejana posesión chilena. “Los propios confinados habían construido casi todas las instalaciones de la localidad, entre ellas el modesto muelle y el cuartel de la guarnición”, detalla Fuenzalida.
Por esos mismos días arribaba a Punta Arenas, procedente de Valparaíso, una nave con siete nuevos reos. Eran antiguos oficiales que habían combatido contra el gobierno de Manuel Montt en el llamado Motín de Urriola, de abril de 1851, y habían sido remitidos a la región. “Estos eran sargentos del Regimiento Valdivia, vencido en la Alameda de Santiago y que iban confinados por nueve años a la ciudad austral”, señala el mentado artículo.
La presencia de los reos y el fin de la reciente guerra civil le dieron la oportunidad a Cambiaso. Eso le permitió organizar la sublevación y apoderarse de la autoridad a tiro de cañón. El gobernador Muñoz Gamero alcanzó a escapar por poco y el líder ordenó su búsqueda. No lo halló, pero no perdió el tiempo. Al grito de ¡Viva el general Cruz, muera Montt! liberó a los presos y aprovechó de celebrar. “Mandó que sacase de almacenes cuatro barriles de aguardiente y los distribuyera a toda la gente y las mujeres que no bajarían de ciento [sic]”, escribe Díaz. “Se mataron seis animales vacunos i todo el resto del día se empleó en beber i comer todos rodeados de Cambiazo”.
Mientras, el depuesto gobernador Muñoz Gamero intentó llegar al Fuerte Bulnes, donde no halló refuerzos. Desesperado y abandonado en el páramo de la Patagonia junto al padre Acuña -uno de los sacerdotes de la ciudad- y unos pocos acompañantes, decidió regresar y entregarse a Cambiaso. Pero como intentaron escapar, fallando en el plan, fueron fusilados sin más.

Cambiaso se hizo nombrar general y designó a sus capitanes y sargentos mayores entre sus partidarios. Según el relato de Díaz, también enarboló una peculiar bandera: “Era de campo lacre; por un lado tenia una calavera de difunto, encima de dos canillas atravesadas y abajo de estas con este rótulo: conmigo no hay cuartel”.
Y vaya que no hubo cuartel. Los cronistas apuntan que en la colonia reinó el caos y además, como un pirata, se apoderó y saqueó algunas embarcaciones extranjeras que arribaron al puerto, la Florida, la Kornik y la Elisa Cornish. “Hizo fusilar al capitán Dean del bergantín así como al hijo del propietario del Elisa Cornish y luego al armador de la barca Florida, Mr . Shaw y después colgarlos de un viejo roble a quien llamaban ‘el peral’“, detalla Fuenzalida.
Una tarde llegó al puerto una nave de guerra británica, la Virago. Cambiaso notó que estaba bien armada y con una importante dotación, lo que le haría imposible tomarla. Pero la situación se le complicó; como se estilaba entonces, el capitán inglés Stewart bajó a puerto a saludar al gobernador.
Como Muñoz Gamero había sido fusilado, Cambiaso hizo que uno de sus oficiales se metiera en la cama e hiciera el papel de gobernador enfermo. Mientras, el atento Stewart preguntó por los barcos que había visto en el puerto -los que habían sido capturados antes- y los llamativos destrozos en la ciudad, a lo que le respondieron que habían sido causados “por los indios”.

Entonces el líder rebelde comprendió que necesitaba salir. El riesgo era alto y se exponía a que tarde o temprano alguien se diera cuenta de lo que estaba pasando. Así, hizo que todos subieran a bordo de los barcos que había capturado y saqueado. “Trasladó, en consecuencia, cuanto pudo a bordo y embarcó a la colonia entera, con mujeres y niños, salvo unos cuantos que habían huído hacia el interior”, escribe Fuenzalida. Luego hizo quemar todo.
Días después, arribó al Estrecho procedente de Liverpool el vapor Lima, al mando del capitán de fragata John Santiago Bynon, que también servía para la Armada de Chile. Desde el fondeadero notó el desastre humeante de los restos de Punta Arenas, bajó y logró contactar con algunos de los pobladores que habían huido. Estos le refirieron todo lo sucedido y de inmediato Bynon ordenó seguir a Chiloé para informar al gobierno.
En Santiago la noticia generó conmoción. “Blanco Encalada la hizo llegar a Santiago en el acto y [Manuel] Montt anunció que el forajido sería perseguido y juzgado como pirata y ordenó se aprestara una división naval para darle caza”, detalla Fuenzalida. El mismo Bynon fue puesto al mando y solicitó la cooperación del ministro inglés en Santiago quien facilitó la Virago, la misma que había pasado por Punta Arenas.
La Virago navegó hacia el sur, dejó instrucciones en Talcahuano y en Ancud y reforzó su destacamento de hombres por la eventualidad de que tuviera que presentar batalla. Y a la altura del Estrecho logró capturar a uno de los barcos tomados por los sublevados, el Elisa Cornish, en el que venían además algunos de los colonos y jefes depuestos por Cambiaso.
Interrogados, los conspiradores declararon que Cambiaso se había separado de ellos en Puerto Solano, a la altura del Cabo Froward, pasado el Fuerte Bulnes. Allí había hecho desembarcar gente y se llevó todo lo que pudo, incluyendo el cargamento de licor de un buque francés que había encallado. La misión pudo comprobar las palabras por sí mismo poco después. “Bynon, el comandante Stewart y el capitán Salas se dirigieron a la población de Fuerte Bulnes, la que encontraron deshabitada, quemada la fortaleza y casas que se hallaban dentro de ella y algunas de las de afuera casi en ruinas”, detalla Fuenzalida.
Mientras, Cambiaso a bordo del Florida tomaba rumbo hacia la salida del Estrecho. Pero habiendo pasado varios días, entre sus mismos hombres cundió la desesperación. Así que mientras dormía en su camarote, entraron de súbito y lo redujeron. “El subteniente don Luis Villegas de la compañía fija, que acampanaba a Cambiazo, como jefe de estado mayor, le hizo la contrarevolución”, escribe Díaz.
El barco torció rumbo a Chiloé donde Cambiaso fue entregado a las autoridades. De inmediato fue trasladado y juzgado en Consejo de Guerra presidido por el capitán Roberto Simpson, condenado a muerte y ejecutado en la cárcel de Valparaíso. Fuenzalida apunta un escarmiento final. “Cambiazo fue fusilado ante cerca de veinte mil curiosos y luego su cadáver descuartizado a hachazos, después de su pública degradación”. No sería la única sublevación en el lugar, pero esa es otra historia.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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