Por Cristóbal Bley
Por aquí pasó el inca: la revalorización de un hito patrimonial en medio del desierto
El Tambo de Camar, a 70 km de San Pedro de Atacama, es uno de los últimos vestigios del Camino del Inca, considerado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Una comunidad atacameña, con apoyo de Minera Zaldívar, logró revalorizarlo y transformarlo en una atracción turística sostenible y autogestionada.

Cuesta imaginar que hace no tantos siglos, en medio de la infinita aridez, con la única compañía de un sol demasiado cercano y la vigilancia de volcanes afilados, había gente que usaba el desierto de Atacama, el más seco del mundo, como un camino lleno de oportunidades. Eran los incas, capaces de viajar desde Pasto, al sur de Colombia, hasta el río Maule, en Chile, cruzando sierras, salares, altiplanos, selvas y valles. Siempre al pie de la cordillera, no había paisaje que detuviera su andar.
El Qhapac Ñan, o camino del Inca, atravesaba todo el norte chileno y su paso por Atacama está bien documentado. En especial por los tambos, refugios de piedra construidos cada 20 o 30 kilómetros, que funcionaban como albergue para chasquis y funcionaros del imperio. Allí se acopiaban alimentos, lana y leña, siempre cerca de alguna fuente de agua, para guarecer a los viajeros.
Uno de ellos estaba en Camar, pequeño oasis agrícola al borde de una quebrada, 67 kilómetros al sur de San Pedro. Hasta hace pocos años, eso sí, solo quedaban de él unos vestigios, maltratados por la Conquista y el clima, pero protegidos por la comunidad atacameña de Camar, perteneciente al pueblo lickanantay.
“Siempre nos enseñaron que este era un lugar muy importante”, cuenta Héctor Cruz, presidente de la comunidad, nacido y criado en Camar. “Cuidábamos que no entrara nadie de afuera, para que se mantuviera lo más intacto posible”.

Pero en 2014, gracias a un trabajo conjunto entre Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile, la Unesco declaró todo el Qhapac Ñan como Patrimonio de la Humanidad. Entonces se volvió necesario poner en valor sitios como el Tambo de Camar.
La comunidad aprovechó la oportunidad y el 2018 comenzó un intenso trabajo para revalorizar el tambo, sin perder la protección que le habían dado todo ese tiempo. Consiguieron acompañamiento técnico del Consejo de Monumentos Nacionales y el Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, y tras unos años de investigación y diagnóstico arqueológico, lograron desarrollar un proyecto de gestión turístico y cultural, con el apoyo de la Minera Zaldívar, división de Antofagasta Minerals.
“El rescate y puesta en valor del tambo fue una iniciativa de la Comunidad Atacameña de Camar”, dice Katharina Jenny, vicepresidenta de Asuntos Corporativos de Antofagasta Minerals. “Era un anhelo planteado por los comuneros que por años venían trabajando para proteger y recuperar un sitio de enorme valor arqueológico, parte de su historia e identidad”.
Uno de los principales incentivos para participar del proyecto —que tuvo un costo de 667 millones de pesos— “fue contribuir a que el tambo sea reconocido como un sitio icónico por las nuevas generaciones”, agrega Jenny. “Nos pareció una oportunidad única de conectar ese patrimonio universal con su dimensión local, de memoria e identidad”.
Una parada en medio del desierto
La Ruta 23, que une San Pedro de Atacama y el paso fronterizo de Sico, viaja entre el Salar de Atacama y la Cordillera de los Andes, una de las zonas más secas del planeta. Sobre un terreno pardo y vacío, que parece no terminar nunca y en el que ni las piedras habitan en él, de pronto se cruza un camino y un letrero verde advierte:
Al este, con el activo volcán Láscar de fondo, aparece esta pequeña comunidad, que cuenta con una posta, una escuela básica y una planta de agua, además de cultivos de tomate, choclo y zapallo, entre otras hortalizas. Pero antes de llegar a ella, al costado izquierdo del camino, justo en la Quebrada de Camar, está el tambo.
Hasta hace unos años, no había nada que señalizara su presencia. Tampoco información de su historia, indicaciones de cómo observarlo o protegerlo, algún indicio de que esa estructura de rocas, parecida a los límites de gran casa, representan las huellas de la mayor civilización precolombina.
“Uno de los temas que más nos preocupaba es que el tambo estaba medio abandonado”, reconoce Cruz. “No tenía el cuidado que merecía, según la Unesco. Y como está ubicado en la quebrada, el tambo sufre cuando baja el agua”.
Pero hoy la situación es completamente diferente. Junto al camino, una estructura que incluye baños, estacionamiento y diagramas en español e inglés recibe a los visitantes y los introduce en la trascendencia de este hito. Y un sendero lleva a un mirador que, con infografías y datos, permite valorar los vestigios, que tienen cerca de mil años de antigüedad.
Una de las particularidades de este proyecto es que lo gestiona directamente la comunidad atacameña de Camar. “Sin duda, ese es uno de los aspectos más valiosos del proyecto”, dice la vicepresidenta de Antofagasta Minerals. “Estamos convencidos de que el patrimonio debe permanecer en manos de quienes tienen con él un vínculo histórico, cultural y territorial. Que la propia Comunidad de Camar pueda administrar el sitio le da una enorme proyección y sustentabilidad a este proyecto, porque no termina solo en la restauración y en la entrega. Se transforma en parte viva de la comunidad y de su historia”.
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