Por Andrés Gómez
Luna Follegati: “El feminismo debe hacerse cargo de los dolores y las urgencias concretas de las mujeres”
"Hay que abordar el derecho al empleo o las brechas salariales: ahí hay una oportunidad sustantiva para que el feminismo se mantenga vigente", dice la historiadora y exasesora de Gabriel Boric, que defiende los avances del gobierno que se declaró feminista.

Ella encendía su cámara y al otro lado de la pantalla aparecía el rostro del entonces diputado Gabriel Boric. Desde hacía un par de años Luna Follegati participaba de foros y espacios de discusión en torno al feminismo. El futuro presidente supo de su trabajo y durante la pandemia coordinó conversaciones de Zoom con la historiadora feminista. Ella le relataba algunos de los momentos más importantes del feminismo en Chile: las luchas, las reivindicaciones y las trayectorias históricas de las que se sentían herederos. Ambos militaban en Convergencia Social.
-Él estaba súper interiorizado y quería, en el fondo, desarrollar esa perspectiva y poder establecer cómo nosotros también nos hacemos cargo hoy, entonces, de esos temas y reivindicaciones -cuenta.
Doctora en Filosofía, Luna Follegati se sumó a la campaña presidencial de Boric y, una vez que llegó a La Moneda, se integró como asesora presidencial. El feminismo atravesaba un momento de gran movilización social y se convirtió en uno de los principios del nuevo gobierno. El presidente declaró que su gobierno sería feminista y nombró el primer gabinete paritario.
Sin embargo, la impronta feminista perdió vigor o se vio opacada por la realidad: la crisis económica y la seguridad se tomaron la agenda, mientras la derrota constitucional obligó al gobierno a modificar su plan de transformaciones. A su vez, el caso Monsalve golpeó el corazón del gobierno feminista.

A seis meses de salir de La Moneda, Luna Follegati es asesora del senador Diego Ibáñez (FA). Para ella, el gobierno de Boric logró avances significativos en materia de derechos de las mujeres.
Esa idea de gobierno feminista no se cumple solo por ponerla en un instructivo o porque La Moneda se nombre de esa manera.
¿El gobierno de Boric fue el primer gobierno feminista?
Que un Ejecutivo incorpore el feminismo como un aspecto transversal no responde solo a la voluntad del gobierno o del presidente. En Chile corresponde a una trayectoria mayor: desde mediados de los 2000 las demandas de las mujeres fueron posicionándose, hasta alcanzar la masividad de 2018 y de los 8 de marzo, que fueron multitudinarios. Empezaron a tensionar las estructuras políticas, y los colectivos que dieron forma al Frente Amplio incorporaron esas desigualdades entre las cosas que queríamos cambiar.
Pero esa idea de gobierno feminista no se cumple solo por ponerla en un instructivo o porque La Moneda se nombre de esa manera. El feminismo empuja desde afuera, desde los movimientos sociales y la organización, para que los cambios solicitados tengan eco en las transformaciones. El gobierno del presidente Boric tomó esas reivindicaciones y las incorporó en su programa como prioridad política, traducida en iniciativas donde los derechos de las mujeres fueron centrales. Creo que se logra un avance sustantivo en distintas materias.
¿Cuáles fueron los principales avances?
Hay tres ejes. El primero tiene que ver con la violencia de género. Esta es una demanda que fue sustantiva dentro de la reconfiguración de los espacios de organización y colectivos de mujeres, y que se traduce en la promulgación de la Ley Integral de Violencia contra las Mujeres, la Ley Antonia y la reparación para las víctimas de femicidio y sus familias. El segundo es la autonomía económica. Ahí fueron muy importantes la Ley Papito Corazón y la cantidad de cambios que produjo cuando se empezó a implementar, como también la reforma previsional con perspectiva de género y el Sistema Nacional de Cuidados. Y el tercero tiene que ver con derechos sexuales y reproductivos; lo más paradigmático es el reglamento para la implementación de la ley de las tres causales. Esas tres líneas muestran que la agenda de género tenía una implicancia que atravesaba distintos escenarios.
¿La perspectiva feminista se debilitó cuando la seguridad y la economía pasaron a dominar la agenda?
No lo veo así. El Ministerio de la Mujer estuvo siempre en el comité político y la ministra Antonia Orellana formó parte de él hasta el final, por decisión del presidente. Es un hecho político relevante: significó entender que las políticas de género eran transversales al Estado. No se vieron solo en medidas aisladas, sino que se trabajaron de forma permanente, por ejemplo, con la ley integral contra la violencia de género.
Los cambios son graduales y toman tiempo, y se buscó establecer los pilares que los inician: la Ley Papito Corazón, el royalty, la reforma de pensiones, el litio, el hidrógeno verde o la red de movilidad.
Tras la derrota del primer plebiscito constitucional, Boric debió modificar su gobierno y adaptarse a una realidad distinta. ¿Fue eficaz?
Creo que hay tres rasgos que permiten evaluarlo positivamente. Primero, fue un gobierno que buscó construir mayorías sociales para avanzar en derechos. Conjugó principios, agenda y conducción de una forma adecuada, quizás no del modo original en que se planteó en el programa, pero avanzó. Los acuerdos no se hicieron porque sí, sino con una dirección específica.
Un segundo aspecto es que abrió las puertas a las organizaciones, las personas y los espacios sindicales. No fue un gobierno donde la política se decidiera a puertas cerradas entre técnicos. Hubo trabajo prelegislativo y diálogos sociales en pesca, cuidados, reforma de pensiones, 40 horas y litio. En las políticas relevantes, que requerían coordinación porque éramos minoría parlamentaria, hubo apertura y conversación con la sociedad. Esos diálogos fueron constitutivos de las reformas.
Luna Follegati contrasta esa actitud con la del gobierno actual, que “con suerte les consulta a sus propios parlamentarios cómo son las leyes que van a implementar; estamos a años luz de esa intención”.
Por último, dice, “el aprendizaje es que los cambios son graduales: no ocurren de la noche a la mañana. El gobierno del presidente Boric reconoció la necesidad de establecer también los tiempos de los cambios”.

Partieron con la ambición de cambios profundos y rápidos.
Claro. Traducir un programa a la política implica reconocer las tensiones. Los cambios son graduales y toman tiempo, y se buscó establecer los pilares que los inician: la Ley Papito Corazón, el royalty, la reforma de pensiones, el litio, el hidrógeno verde o la red de movilidad. Con esas tres características el gobierno pudo sortear las crisis que enfrentó. Todavía estamos muy cerca para analizarlo, pero creo que el tiempo hará envejecer bien al gobierno del presidente Boric.
Una de esas crisis fue el caso Monsalve. ¿Cómo lo vivió?
Fue un momento muy difícil y una crisis importante. El propio presidente y otras autoridades han hecho reflexiones al respecto. Se trató de responder respetando a la víctima y de acuerdo con lo que sabían las personas que estuvieron involucradas en las decisiones. Toda crisis requiere rapidez y decisión, y el propio presidente ha reconocido que se debió actuar con mayor celeridad.
Yo creo que las demandas de las mujeres, la lucha feminista no se acaba: es una lucha permanente.
¿Hubo un antes y un después para las mujeres tras ese gobierno?
Para una mujer que no recibía la pensión de alimentos de sus hijos, sí. Para una mujer cuya pensión aumentó, también. Si se avanza en la implementación de la ley integral contra la violencia, por supuesto. Hay cambios que se reconocen en la vida cotidiana. Y no se trata solo de la agenda propiamente feminista: Copago Cero es un alivio concreto y una de las medidas de salud más valoradas del gobierno. Se hizo un camino que debe seguir profundizándose. Yo creo que las demandas de las mujeres, la lucha feminista no se acaba: es una lucha permanente, que tiene distintos momentos. Y, como vemos, hay periodos en la historia donde van a querer que ocurran retrocesos, que los derechos de las mujeres se aminoren.
¿Qué materias feministas quedaron pendientes: el aborto legal?
Junto con avanzar en derechos sexuales y reproductivos y en aborto legal, el feminismo tiene que abordar los dolores y urgencias concretas de las mujeres: el trabajo, llegar a fin de mes, pagar el supermercado en cuotas, no saber cómo parar la olla o quién cuidará mañana a un hijo. Las feministas tenemos que hacernos cargo y dar respuestas. Por ahí también van las prioridades de cómo pensamos y actuamos políticamente para esas mujeres y con ellas. Hay que abordar el derecho al empleo o las brechas salariales: ahí hay una oportunidad sustantiva para que el feminismo se mantenga vigente.

¿Eso significa postergar demandas como el aborto legal?
No se postergan; las demandas de las mujeres se van acoplando e incorporan nuevas problemáticas políticas. Pero para impulsar cambios como el aborto legal o terminar con las brechas salariales se necesita fuerza social. El feminismo logra transformaciones cuando hay activación y voluntad política, pero sobre todo un movimiento que presiona, insiste y trata de correr el cerco. Eso tiene que estar pujante. Hay momentos en que es más visible y otros en que no.
El feminismo vivió un momento de grandes movilizaciones. ¿Se apagó?
Vivimos un momento excepcional de masividad del movimiento feminista. Y esa masividad llevó a que ciertas temáticas y reivindicaciones fuesen parte de una conversación cotidiana: el acoso sexual callejero y la violencia en los espacios educativos, por ejemplo. Esa conciencia permanece. No creo que haya un retroceso en esos pisos que ha ido ganando el movimiento y que tienen que ver con hablar de derechos sexuales y reproductivos, matrimonio igualitario o derechos de las disidencias sexuales. Algo que, creo, deliberadamente la ultraderecha no ha querido entrar a cuestionar directamente. Distinta es la condición de masividad que adquiere el movimiento.
Esa masividad ha sido fluctuante en la historia de Chile. Hay momentos de proliferación de organizaciones y convocatorias, pero cuando eso no ocurre no significa que el movimiento haya desaparecido o que volvamos atrás. La tarea ahora es profundizar la lectura feminista de las desigualdades materiales y cotidianas de las mujeres.
El gobierno de Kast dijo que no intervendría en asuntos “valóricos”. ¿Ve riesgo de retrocesos?
En campaña dijo que no se va a meter en temas valóricos, pero su bancada parlamentaria ha levantado temas como el “Escucha tu Corazón”.
Él dijo que no lo iba a patrocinar.
No, pero tampoco existe la garantía de que propuestas así sean rechazadas categóricamente por el daño que causan a la dignidad de las mujeres. Permitir que esa conversación se dé y plantear las dudas ya es una tensión con respecto a los derechos de las mujeres. Creo que puede haber retrocesos: el cierre de programas como Mujeres Rurales, eventuales recortes en salud o en programas de derechos sexuales y reproductivos, no lo sabemos. Pero también hay un retroceso cuando la conversación pública pone en duda mínimos democráticos, de derechos y de justicia que creíamos superados. Hay que ser bien firmes en decir que hay cosas en las que Chile no está dispuesto a retroceder. Las mujeres que han defendido sus derechos durante décadas ven esto con preocupación.
No solo hay que cambiar el tono y el lenguaje, sino representar y estar donde están las personas, la urgencia y los dolores. La oposición tiene que hacerse creíble, conectar con esos dolores y darles una solución y conducción.
¿Qué reflexión hace de la derrota de la izquierda en diciembre?
Las últimas elecciones incorporaron masivamente a personas que no tenían el hábito de votar. Eso te obliga a ampliar el marco para el cual uno está hablando, porque incorpora a un grupo muy sustantivo que tiene problemas, deseos y malestares de los que los políticos se tienen que hacer cargo. Durante los últimos años del gobierno de Boric, la seguridad y la economía eran los temas que más acongojaban a las personas. Y cuando se establece una campaña donde se habla de esta emergencia que dice Kast, se plantea que hay una serie de crisis por doquier y él sale como una suerte de salvador que va a venir a poner orden. Claro, es llamativa esa idea; sintoniza con la gran mayoría y ahí hay un desafío importante acerca de cómo nosotros sintonizamos. Pero las recetas mágicas no responden los problemas de la noche a la mañana. Creo que ese tipo de campañas no le hacen bien al país.
¿Qué autocrítica puede hacer la izquierda?
Tenemos que mostrar como oposición un camino más certero: cuál es nuestra propuesta de futuro, nuestro horizonte. Cómo se articula una alternativa cuando la gente está cansada, cree que sus problemas ya no importan o hay un malestar muy profundo, hoy muy pesimista. No solo hay que cambiar el tono y el lenguaje, sino representar y estar donde están las personas, la urgencia y los dolores. La oposición tiene que hacerse creíble, conectar con esos dolores y darles una solución y conducción. Eso debemos hacerlo con más fuerza, a propósito de la derrota del año pasado.
¿Hoy cuál debe ser el rol del Frente Amplio?
El Frente Amplio tiene distintos roles. Tiene un rol político: tender puentes con el resto de los partidos de la oposición para construir una alternativa que no sea solo política. Y tiene un rol social: tiene que estar ahí donde están las personas endeudadas, sin pega, a las que les cuesta llegar a fin de mes. Y ese rol social es involucrando y haciendo viva la participación en las organizaciones sociales, en los espacios sindicales, estudiantiles y territoriales. Creo que hay un desafío programático: establecer aquellas cosas que seguramente nos llevaron a la derrota, porque no se entendían bien o estaban poco claras, o quizás tenemos que defender con más fuerza cuáles son nuestras propuestas de crecimiento, frente al empleo y de modelo de desarrollo. Y, finalmente, cómo le entregamos un nuevo marco de esperanza a la gente que hoy parece estar en una situación de tristeza profunda, de un pesimismo abrumador.
Yo creo que el progresismo y el Frente Amplio tienen el desafío de entregar esa alternativa con perspectiva de futuro, un futuro donde haya más justicia, donde podamos volver a pensar que es factible una mejor vida para los chilenos y chilenas. Ahí hay una tarea súper importante por parte del progresismo, yo diría más bien una responsabilidad política.
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